Inicio tranquilo a escribir esta columna, a pesar del ataque de EU e Israel contra Irán para erradicar su relación con Venezuela, Cuba y Rusia.
Y amacizar de un golpe el dominio geopolítico en Medio Oriente y América Latina y sus recursos: petróleo, bienes energéticos, minerales críticos (litio, cobalto, níquel, grafito, etcétera) y tierras raras (17 elementos químicos esenciales para la tecnología moderna). Sin importar el angustiante prólogo que nos llevaría a la Tercera Guerra Mundial.
Más allá de eso, a mi me serenaron las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum, posteriores a su cóctel matutino -previo a las Mañaneras- de lorazepam, diazepam y clonazepam, quien comentó que “México buscará la paz en Medio Oriente, evitará la violencia y fomentará soluciones pacíficas que contribuyan a la estabilidad regional y global”.
Claudia Brugada, jefa de Gobierno de la CDMX, no dejó sola a la presidenta y desde su ronco pecho en la Plaza Garibaldi, paraíso de bohemios y mariachis sin esperanza, declaró: “Repudio el conflicto bélico y demando el cese inmediato de las acciones armadas.
¡No más guerra! ¡No más muertes a civiles! ¡Ni una niña más! ¡Sí a la vida! ¡Sí a la paz! ¡Sí al futuro y al cuidado de las infancias!”
Puedo jurar que Claudia, más allá de su cóctel matutino, y Clara, más allá de sus 12 banderitas con tequila Siete Leguas, parecen y actúan como personas normales.
De otra manera, sus declaraciones hubieran caído en el insondable abismo de la indiferencia diplomática.
Pero no. En medio del salvaje bombardeo de las fuerzas estadounidenses e israelíes a Irán, los comandantes responsables detuvieron por un nanosegundo sus perversas intenciones para considerar las declaraciones pacifistas de ambas mujeres.
Y la respuesta en una mil-millonésima de segundo fue: “Pacifiquen primero su país y dejen de meterse en lo que no les importa”.
¿Qué implicaría pacificar un México en llamas? La respuesta es obvia: erradicar a su mínima expresión la presencia del crimen organizado.
Pero también, cumplir con una asignatura pendiente: sanar la cultura del miedo en la cual estamos insertos.
Lo cual no es fácil, porque ambos temas están indisolublemente ligados. (Continuará).