Llamé a mi Maestro Popochas (MP) hasta Maupiti, una de las 130 islas de la Polinesia Francesa, donde vive autoexiliado desde el arribo de AMLO al poder.
Le marqué a las 12 del mediodía, las 7 de la mañana en Maupiti, cuando el Iluminado recién terminaba su práctica meditativa.
Yo: ¿Cómo está, mi muy querido Maestro?
MP: ¡Qué gusto saber de ti! Aunque sé cómo estás, porque con Goku he perfeccionado mi técnica de teletransportación y, en varias ocasiones, sin que tú lo sepas, he estado cerca de ti.
Yo (ansioso): Avatar, le robo cinco minutos antes de que vaya al huerto a sembrar plantas sagradas, árboles para la meditación y vegetales para su consumo diario.
MP (tranquilo): Cuéntame.
Yo: Necesito su iluminación para comprender cómo los sociólogos Karl Marx y Michel Foucault verían el Mundial 2026.
MP: Karl comenzaría haciéndose una pregunta: ¿quién gana económicamente con el Mundial?
Observaría que los jugadores generan un enorme valor económico, mientras clubes, patrocinadores, cadenas de televisión y organismos internacionales concentran gran parte de la riqueza producida por ellos.
También advertiría cómo el torneo convierte las emociones humanas en mercancías: camisetas, derechos de transmisión, apuestas, turismo, publicidad, videojuegos y redes sociales.
Y cómo la identidad nacional funciona como un poderoso incentivo para el consumo.
Vería el deporte como una forma de alienación temporal. Durante un mes, millones de personas olvidan los salarios, la inflación, la desigualdad, el desempleo, la inseguridad y los conflictos políticos para concentrar toda su energía emocional en noventa minutos.
Finalmente, subrayaría la desigualdad estructural global: mientras las élites económicas y políticas disfrutan los partidos desde los estadios de las distintas sedes, las grandes mayorías los observan por televisión de paga o en pantallas instaladas por las autoridades.
En síntesis, para Marx el capitalismo convierte la diversión en un mecanismo de reproducción del sistema. (Continuará).