La infancia construye la vejez: el envejecimiento empieza en la cuna

Ciudad de México /
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The Lancet propone que hasta los cinco años hay una oportunidad para influir en el desenvolvimiento del cerebro. SHUTTERSTOCK

Cuando pensamos en envejecimiento solemos imaginar canas, arrugas o una jubilación que marca el inicio de una nueva etapa. Creemos que envejecer es algo que empieza alrededor de los sesenta años. La ciencia, sin embargo, nos cuenta una historia completamente distinta.

Cada vez existe más evidencia de que la forma en que envejeceremos comienza a definirse mucho antes de nuestro primer recuerdo. Algunos de los factores que determinarán la salud de un adulto de 70 u 80 años empiezan a actuar incluso antes del nacimiento. Puede parecer una afirmación sorprendente, pero hoy constituye uno de los campos de investigación más dinámicos de la medicina moderna. Se conoce como Developmental Origins of Health and Disease (DOHaD) o los orígenes del desarrollo de la salud y la enfermedad. Su planteamiento es tan sencillo como revolucionario: muchas de las enfermedades que aparecen en la adultez no comienzan en la adultez. Empiezan durante el embarazo, los primeros años de vida e incluso alrededor de la concepción. La cuna y la vejez, que durante siglos parecían los extremos opuestos de la vida, hoy empiezan a entenderse como capítulos de una misma historia biológica.

Durante décadas pensamos que el envejecimiento era consecuencia casi exclusiva del paso del tiempo y de nuestra carga genética. Hoy sabemos que el organismo conserva una especie de “memoria biológica” de sus primeras etapas de desarrollo. La nutrición materna, el crecimiento fetal, la exposición a contaminantes, el estrés durante el embarazo, la calidad de la alimentación en la infancia, el desarrollo del sistema inmunológico e incluso la microbiota intestinal pueden dejar huellas que acompañarán a esa persona durante toda su vida. 

Muchas de esas huellas quedan registradas en una especie de “memoria biológica”. No modifican la información genética que heredamos de nuestros padres, pero sí la forma en que esta información se expresa a lo largo de la vida. Es como si las primeras etapas del desarrollo dejaran instrucciones que acompañarán al organismo durante décadas.

Pensemos en dos niños que nacen el mismo día. Ambos llegan a los setenta años, pero uno mantiene independencia, memoria, fuerza muscular y una buena calidad de vida, mientras el otro vive con diabetes, enfermedad cardiovascular y fragilidad. Parte de esa diferencia dependerá, por supuesto, de sus hábitos como adultos. Pero la evidencia indica que otra parte de la historia comenzó décadas antes, cuando todavía ninguno de los dos había pronunciado su primera palabra.

Esta idea transforma por completo nuestra manera de entender la prevención.

Durante muchos años pensamos que prevenir enfermedades significaba dejar de fumar, controlar el colesterol, hacer ejercicio o acudir periódicamente al médico. Todo eso sigue siendo indispensable. Pero ahora entendemos que la prevención también empieza protegiendo el embarazo, garantizando una buena nutrición durante la primera infancia, reduciendo la exposición a contaminantes y favoreciendo un desarrollo físico, emocional y cognitivo saludable desde los primeros años de vida.

No es casualidad que organismos internacionales hayan identificado los llamados primeros mil días de vida, desde la concepción hasta los dos años, como una de las ventanas biológicas más importantes para determinar la salud futura. Más recientemente, la revista The Lancet ha ampliado esta visión al proponer que los siguientes mil días, es decir, hasta los cinco años de edad, también representan una oportunidad crítica para influir en el desarrollo del cerebro, el metabolismo y la salud que acompañarán a una persona durante décadas.

Esto tiene profundas implicaciones para países como México. Con frecuencia discutimos cómo enfrentar la epidemia de diabetes, las enfermedades cardiovasculares, la demencia o el cáncer cuando estas ya se han convertido en un problema clínico. Pero quizá estamos llegando demasiado tarde. Si una parte importante del riesgo comienza a construirse desde el inicio de la vida, entonces las mejores políticas para promover un envejecimiento saludable no empiezan en los hospitales ni en los asilos. Empiezan con una adecuada atención prenatal, una buena nutrición materna, programas de primera infancia, vacunación, educación temprana y entornos saludables para niñas y niños.

La medicina también está cambiando su perspectiva. Tradicionalmente dividimos la vida en compartimentos: pediatría para los niños, medicina interna para los adultos y geriatría para las personas mayores. Sin embargo, la biología no reconoce esas fronteras. La vida es un continuo, y el envejecimiento también. Lo que ocurre durante la gestación influye en la infancia; la infancia condiciona la adultez y la adultez prepara la vejez. La biología nunca dividió la vida en especialidades médicas. Fuimos nosotros quienes lo hicimos.

Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de la medicina del siglo XXI.

El envejecimiento no empieza cuando aparecen las primeras canas. Ni siquiera cuando cumplimos sesenta años. Empieza cuando comienza la vida.

Y si esa idea es correcta, como cada vez sugieren con mayor fuerza la investigación internacional y las grandes cohortes poblacionales, entonces invertir en la salud de una mujer embarazada o en el desarrollo de un niño pequeño no es solamente una política para proteger la infancia.

Es, probablemente, la primera y más poderosa estrategia para construir una sociedad que envejezca con salud, autonomía y dignidad. Quizá durante décadas hicimos la pregunta equivocada. Nos preguntamos cómo vivir más años, cuando la verdadera pregunta era cuándo empieza a construirse una vejez saludable. La respuesta que hoy nos ofrece la ciencia es tan simple como desafiante: empieza mucho antes de que aparezcan las primeras canas. Empieza cuando comienza la vida.


  • Luis A. Herrera Montalvo
  • Decano Nacional de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey.
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