Cuando cursé la educación primaria, entre 1965 y 1971, estudié en aquellos entrañables libros de texto gratuitos que publicó la recién creada Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, repartidos a partir de enero de 1960 —cuando yo nací—. Eran los libros de don Jaime Torres Bodet y su famoso Plan de Once Años, el primer esfuerzo de planificación de la educación básica en nuestro país, que significó una expansión cuantitativa y cualitativa del sistema de enseñanza, colocando a México a la vanguardia de Iberoamérica.
La primera Comisión estuvo integrada por el filósofo michoacano Juan Hernández Luna como su secretario general, y como vocales los destacados intelectuales Arturo Arnaíz y Freg (historiador), Agustín Arroyo CH. (periodista), Alberto Barajas Celis (matemático), José Gorostiza (poeta), Gregorio López y Fuentes (escritor) y Agustín Yánez (escritor). Destaco la participación de Arroyo Ch., ex gobernador de Guanajuato (1927-1931), entonces presidente del consejo de administración de PIPSA (Productora e Importadora de Papel S.A.), monopolio estatal del papel.
Un gran equipo de pedagogos, escritores, ilustradores, diseñadores e impresores se hizo cargo de esa primera edición, que hoy en día se considera un clásico. Se integraron gráficos de Siqueiros, Roberto Montenegro, Alfredo Zalce, Fernando Leal y Raúl Anguiano. Su primer tiraje fue de 16 millones de ejemplares, entre textos y cuadernillos de trabajo para todos los grados (https://t.ly/TmUiU). En la edición de 1962 se les cambió las pastas y se integró la muy famosa imagen de Alegoría a la Patria de Jorge González Camarena, que retrató a la joven indígena tlaxcalteca Victoria Dorantes Sosa (https://t.ly/3WF_Z). Esos libros marcaron a varias generaciones de mexicanos, que aún suspiramos al recordarlos y recitar de memoria algunas de sus poesías y cuentos.
Los libros se mantuvieron vigentes hasta la reforma educativa de Víctor Bravo Ahúja en 1972, cuando se concentraron las materias en cuatro campos del conocimiento: Español, Matemáticas, Ciencias Naturales y Ciencias Sociales. A partir de ahí se realizaron pequeños o medianos ajustes en los libros de texto, que se describen muy bien en un capítulo de la pedagoga Mayra Margarito (https://t.ly/1yeWr).
Toda esta referencia a un pasado ya lejano viene a cuento por mi molestia ante el desbarajuste ideologizado en el que se encuentran sumergidos los actuales libros de texto, que son más panfletos adoctrinadores que instrumentos de instrucción, mucho menos caminos de sabiduría. He revisado algunos de ellos (https://libros.conaliteg.gob.mx/) y me asombra su banalidad, su folklorismo exotista y el extremo esquematismo. Si no me cree, vea el de “Múltiples lenguajes” de sexto grado, que expone a los estudiantes a una sola interpretación de la realidad. No son libros para potenciar capacidades cognitivas y analíticas, sino para uniformizar percepciones y convicciones. Ignoran que en el dudar está el saber, y en las certezas las ignorancias.
Vale la pena recordar qué buscaba la política educativa de los años sesenta, en voz de su diseñador Torres Bodet: “Un mexicano en quien la enseñanza estimule armónicamente la diversidad de sus facultades: de comprensión, de sensibilidad, de carácter, de imaginación y de creación. Un mexicano dispuesto a la prueba moral de la democracia.”