Últimamente me he involucrado con los instrumentos de la denominada Inteligencia Artificial (IA). Lo hago por necesidad no sólo de mantenerme actualizado, sino porque en mi trabajo cotidiano de investigación social con frecuencia me he sentido apabullado por la creciente cantidad y dispersión de información de los repositorios informáticos, que son cada vez más accesibles, pero a la vez más caóticos para quienes no cuenten con apoyos para enfrentar esa abundancia.
Yo me formé académicamente en los años setenta y ochenta, cuando me introduje en los métodos de acceso y sistematización de información que existían entonces: los ficheros, las bibliotecas, los archivos, el registro manual o mecánico de la observación, etcétera. Mi tesis de licenciatura es un monumento a la artesanía del conocimiento: basada en mis notas y diarios de campo manuscritos, con dibujos, mapas y tablas hechas con mis escasos talentos gráficos. Las fichas de papel se acumulaban, para de ahí brincar a la redacción, también manual, que luego mecanografiaba en una vieja Remington de mi abuelo, con uso intensivo de corrector líquido y limpiador de tipos. Los gráficos los tiré a tinta china en papel milimétrico; los mapas y planos los dibujé haciendo uso de mis escasos talentos ingenieriles; incluyendo fotografías en blanco y negro que yo mismo revelaba; etcétera. Cuando se aprobaba el documento se procedía a fotocopiar y engargolar. Todo manual.
Mi primer contacto con la tecnología informática en esos años fue frustrante y limitado, por la necesidad de manejar algún lenguaje de programación. Esto cambiaría en los ochenta con el arribo de la PC y la paquetería, donde se incluían los primeros procesadores de textos, hojas de cálculo y manejadores de bases de datos. Con esos nuevos recursos mi experiencia de investigación en la maestría fue radicalmente diferente y estimulante. Fue muy fácil hacer correcciones sobre la virtualidad de una pantalla, sin volver a mecanografiar todo. Mi tesis la publicó como libro el INAH, y el proceso editorial fue sencillo y rápido.
A partir de ahí se inició una avalancha de novedades en las tecnologías de la información y la comunicación: el internet, el correo electrónico, la red global www, las consultas a distancia de repositorios, y el enriquecimiento de la virtualidad mediante recursos gráficos e intuitivos. En la primera década del nuevo siglo irrumpieron las redes sociales, entre las que se contaron muchas de corte profesional y académico. Nunca fue tan fácil comunicarse en tiempo real con colegas e instituciones de todo el mundo. Luego, con la pandemia, se desató una explosión de presencialidad virtual a distancia, que llegó para no irse más. Hoy día gran parte de mis encuentros académicos son virtuales sincrónicos.
La IA me tiene sorprendido. El uso de SIRI y ALEXA ya me tenía maravillado, pero la irrupción del ChatGPT y la OpenAI, más las secuelas múltiples que les compiten, y sus aplicaciones concretas en la solución de problemas cotidianos, me convencieron de que, al contrario de lo que muchos temen, ese nuevo recurso nos facilitará muchos procesos que hoy nos agobian por su cantidad, monotonía o complejidad. En mi campo, por ejemplo, la búsqueda de textos recientes o antiguos sobre un tema de estudio. Esa labor absorbía tiempo y recursos, cada vez más escasos. Hoy la IA te recolecta no sólo las referencias, sino también la vía de acceso al documento original, y te brinda reseñas y borradores. Con esta ayuda, los investigadores podremos concentrarnos en el análisis comparado, para multiplicar la productividad, la actualidad y la pertinencia. Buenas noticias.