Jugar a lastimar, divertirse con la práctica de someter, organizarse para humillar. Esos fueron los vejatorios objetivos de la novatada que terminó en tragedia. En un recinto educativo de Chiapas, en el que se pretende formar normalistas que, una vez egresados formarán niñas y niños, la psicopatía colectiva se manifestó tan cruel y repugnante que terminó con la muerte de uno de los estudiantes y llevó al hospital a cuatro más.
La creatividad sádica del comité estudiantil de la Escuela Normal Rural Matumactzá los llevó a convocar a un supuesto “curso de inducción” en el que sometieron a las y los jóvenes de nuevo ingreso a ejercicios violentos que realizaron en las instalaciones de entrenamiento militar que tienen en el plantel. De acuerdo con algunos testimonios, además de someter a las y los jóvenes a lecciones de ideología política, se les forzó a tirarse al piso y aguantar sin levantarse mientras los agresores caminaban sobre sus cuerpos. Les restringieron el agua y los alimentos. El agotamiento, los golpes y la deshidratación ocasionaron la muerte de José Luis Hernández Espinosa. Además, Fernando Vázquez López, Ulises Jiménez de la Cruz, Mayelic de Jesús Pavián y Sergio Ballinas Zambrano fueron trasladados al Hospital Privado Muñoa y se encuentran en condiciones críticas de salud.
Se ha señalado como principal responsable de este lamentable evento a Conrado N., director de la Escuela Normal. Se le acusa de conocer que estas novatadas eran costumbre en su plantel y, aunque lo acepta, asegura no haber conocido los métodos ni las consecuencias. Evidentemente, la convocatoria a ese “curso de inducción” era parte de la broma.
Resulta perturbador saber que para los estudiantes victimarios el incentivo fue el gozo colectivo por provocar el dolor de sus compañeros de nuevo ingreso, pero es más aterrador todavía saber que son estudiantes que aspiran a ser maestros. ¿Si sus mecanismos de control están centrados en menoscabar la dignidad de los otros, qué lecciones ofrecerán a las y los niños que en un futuro serán sus alumnos?
La cultura de la guerra, la impunidad de los victimarios y la celebración de la dominación por opresión nos están dando los peores resultados. Esta experiencia amerita una profunda reflexión sobre el perfil de los estudiantes y los cursos oficiales de inducción que sí se ofrecen en las escuelas normales. En un contexto de violencia crítica que arroja hasta 85 homicidios por día en México, la labor de las y los maestros para la pacificación social debería ser una tarea estratégica.
¿Será que el próximo secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, invertirá tiempo y recursos a la educación por la paz? ¿Podremos ver algún cambio significativo en aquellos espacios de educación pública donde la cultura de la guerra se ha colado como humedad selvática? Si eso no sucede, el proceso de pacificación será pronto rebasado por las costumbres sádicas de quienes disfrutan el sufrimiento ajeno. Los futuros educadores serán en gran medida quienes puedan hacer una transformación cultural de fondo.
Twitter: @maiteazuela