El Mundial, las protestas y los oportunistas

Hidalgo /
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La inauguración del Mundial 2026 en la Ciudad de México terminó convirtiéndose en algo más que una fiesta deportiva. Mientras millones de personas observaban al país desde todos los rincones del planeta, distintos grupos aprovecharon la atención internacional para colocar sus propias agendas en el centro de la conversación pública.

Por un lado, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación decidió hacer coincidir sus movilizaciones con el arranque del torneo. La estrategia no fue casual. La CNTE buscó utilizar el escaparate global para presionar al gobierno federal en torno a demandas que considera históricas y pendientes. Sin embargo, resulta inevitable preguntarse si esta ruta fortalece realmente sus causas o si termina diluyendo sus reclamos al mezclarlos con una jornada que debía proyectar una imagen positiva del país.

Más aún cuando el interlocutor al que hoy enfrentan no es un gobierno que haya respondido con la represión sistemática que caracterizó a otros tiempos. El contraste es evidente: durante décadas el magisterio democrático enfrentó gobiernos abiertamente hostiles; hoy mantiene diferencias con una administración que, con aciertos y limitaciones, ha privilegiado el diálogo y la negociación. La contradicción política está ahí y merece ser discutida.

A ello se sumaron otras expresiones de protesta y bloqueos carreteros que, independientemente de la legitimidad de sus demandas, contribuyeron a construir una percepción de conflicto precisamente el día en que México concentraba la atención del mundo. Tampoco puede ignorarse la presencia de grupos violentos y encapuchados cuya actuación terminó desplazando los temas de fondo para concentrar los reflectores en escenas de confrontación.

Pero quizá el episodio más revelador fue la aparición pública de Ricardo Salinas Pliego. Más que un acto espontáneo, pareció una operación de posicionamiento político cuidadosamente calculada. Desde hace tiempo el empresario ha intentado construir una narrativa que lo presenta como una especie de líder antisistema, pese a representar precisamente a una de las expresiones más visibles del poder económico mexicano.

La contradicción es difícil de ocultar. Quien critica constantemente al pueblo por supuestamente ser conformista o poco productivo ha construido buena parte de su fortuna precisamente sobre el consumo popular. Sus empresas dependen de millones de trabajadores y familias de ingresos medios y bajos a quienes se les venden productos mediante esquemas de crédito que han sido objeto de numerosas críticas por sus elevados costos financieros.

Por eso resulta significativo que, mientras algunos intentan proyectarlo como una figura presidencial futura, la reacción de amplios sectores ciudadanos continúe siendo de rechazo. La distancia entre una campaña de imagen y la percepción real de la gente suele ser mucho mayor de lo que ciertos estrategas imaginan.

Lo ocurrido durante la inauguración del Mundial deja una lección importante. En México existen problemas reales que deben discutirse y resolverse. Pero también existen actores que buscan aprovechar cualquier coyuntura para ganar visibilidad política, acumular influencia o construir candidaturas anticipadas. Unos lo hacen desde la protesta; otros desde el poder económico. Ninguno debería confundirse con el interés nacional. Porque mientras unos y otros libran sus batallas de posicionamiento, la mayoría de los mexicanos sigue esperando algo mucho más sencillo: que los problemas del país se resuelvan y que los grandes acontecimientos sirvan para unir a la sociedad, no para convertirla en escenario de disputas personales.


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