Aunque dicen que está en Jalisco, el Nevado de Colima lanzaba impresionantes exhalaciones por aquellos días en que el entonces senador Jorge Luis Preciado fue ungido por el presidente nacional del PAN, Gustavo Madero, como líder de su grupo parlamentario y, consecuentemente, fue votado por sus compañeros como Presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado, es decir, se convirtió de la noche a la mañana en uno de los hombres más importantes de la nomenclatura federal, desbancando a un ex aspirante presidencial, ex secretario de Hacienda y de Desarrollo Social, ex aspirante y ex contendiente de Madero por la dirigencia nacional panista... Nada más y nada menos que Ernesto Cordero, el dedo chiquito de los Calderón.
A pesar de, él sí, contar con carrera propia, a diferencia de Cordero que llegó hasta la cima a la sombra de Calderón, Preciado era visto como un advenedizo, aun cuando no venía de una lista pluri sino que fue votado como senador en su estado, donde ya había sido diputado local y federal, presidente estatal del PAN y coordinador de varias campañas a alcaldes y gobernador.
Él mismo cuenta que cuando quiso aspirar a la senaduría, lo mandó llamar el presidente Calderón a los Pinos, donde le “gritoneó” y le quiso disuadir de participar en la contienda interna, a lo que Preciado respondió, palabras más, palabras menos: “Usted mandará aquí pero no en mi partido”, se despidió de mano y se fue. Se volvieron a ver en la misma ceremonia en que uno dejaba de ser presidente y el otro se estrenaba como senador de la República.
A Preciado lo ninguneaban, lo veían menos, porque no tiene cara de “fifí”, pero también por méritos propios como la puntada de mandar llamar al mariachi para celebrar el cumpleaños de su novia en pleno traspatio del senado, a oídas y vistas de todo mundo, como si estuviera en Don Comalón o en la populosa feria de Todos los Santos, en su natal Colima.
A Preciado lo ven de arriba para abajo y es que quien conoce su trayectoria sabe que precisamente de allá viene: de muy abajo, de talachar, de meserear, de mojado, de mecánico, de chícharo, de agricultor, de pescador. Tal vez ése sea su mayor mérito, ése y el de no asumir su condición original como fatalidad, sino saberse imponer, estudiar y esforzarse por construir su propio destino.
Pero por alguna extraña razón, “las cabras tiran pa’l monte” y es precisamente la falta de refinamiento y de una conducción mesurada la que le arrebató la oportunidad de ser el primer gobernador no priísta de Colima.
“Desde abajo y con trabajo” fue el eslogan con el que mejor pudo haber arrancado su campaña a tres meses de la elección y con casi 30 puntos abajo de Nacho Peralta.
Un lema donde reuní tres condiciones muy simbólicas: su origen humilde, la diferencia que lo separaba del puntero y la sencillez de una frase coloquial y en rima, difícil de olvidar o pasar por alto.
A esta frase, a media campaña le sumamos otra ahora más lapidaria: “Alégrate, ya se van”, uno de los lemas más copiados, plagiados y usados con desfachatez creativa por candidatos a alcaldes, senadores y gobernadores, como el mismísimo Miguel Ángel Yunes, en Veracruz y hasta el inefable y mal logrado candidato presidencial, Ricardo Anaya. (Continuará).