Atrapados

  • Columna de Marco Sifuentes
  • Marco Sifuentes

Ciudad de México /

En algún lugar de un gran país, un grupo de mansos corderos vivía inseguro y con hambre, aunque aún conservaba algo muy importante: su libertad.

Cierto día, a un misterioso granjero se le ocurrió una tremenda idea, en medio del páramo donde pastaban las bestias colocó una cubeta con granos y se escondió detrás de un árbol para ver lo que pasaba.

Al principio, los animalitos temieron acercarse al desconocido objeto, hasta que, después de varios intentos, unos por necesidad y otros por curiosidad, se fueron aproximando y terminaron deleitándose con la apetitosa comida.

Al sentirse satisfechos se retiraron contentos, sin que nada les pasara.

Al otro día, el malicioso granjero repitió la faena y mientras los inocentes animales se empachaban de maíz, construyó una cerca a unos cuantos metros.

Las bestias notaron la maniobra, pero al ver que podían seguir comiendo y retirarse sin contratiempos, pasaron por alto el detalle.

Al siguiente día, ahí estaba de nuevo la cubeta, así que, ni tardos ni perezosos se arrimaron a comer.

El granjero, contento, construyó una segunda cerca, completando medio cuadrado. Los ingenuos corderos lo miraban de reojo, aunque sin mostrarse preocupados.

Una vez más, a temprana hora, apareció la cubeta. Esta vez se acercaron sin recato y hasta se empujaron por ser los primeros en satisfacer su apetito. Una cerca más, la tercera, se construía en el otro extremo. Las inocentes criaturas no por ello dejaron de comer y, aunque notaron que aquella cerca empezaba a limitar su acceso, creyeron que no había porque angustiarse, pues aún les permitía la entrada y salida.

El último día, con la libertad de siempre, los miembros del rebaño regresaron al lugar acostumbrado y se dieron vuelo con la comida, contentos y sintiéndose muy afortunados.

La mayoría no pensaba más en la cerca ni sentía desconfianza hacia el granjero, por el contrario, en su corazón, muchos le agradecían, mientras que otros acaso lo miraban como un bicho raro. Solo unos cuantos temieron lo peor, pero no hicieron nada al respecto. Se habían acostumbrado.

En eso estaban, cuando, ya sabes quién, concluyó su tarea, poniendo la cuarta y última cerca, dejando a todos los animalitos adentro.

Después de esto, no hubo maíz, ni cubeta, ni libertad.

En ese mismo gran país, alguien puso enfrente de sus compatriotas una cubeta de mentiras que se fueron tragando una a una jubilosos, mientras a su alrededor iba construyendo una terrible cerca que paulatinamente fue acabando con la división de poderes, el federalismo, la autonomía municipal, el sistema de salud, la educación, la producción, el medio ambiente, los organismos autónomos, la libertad de expresión, la economía, la seguridad, la paz, la unidad, la inversión, la investigación, el estado de derecho, la confianza, los empleos, la libre empresa, la propiedad privada, el ahorro, la estabilidad, la esperanza, el ánimo, la dignidad y la paciencia de un pueblo entero al que ahora lanza el vulgar y desmesurado reto de definirse a favor o en contra de su propia desgracia. 


ceo@mkf.mx

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