Hace 25 años leí un libro llamado Acuarelas Políticas, de Adolfo Christlieb Ibarrola, una compilación de sus artículos en aquel diario Excélsior que marcaba distancia con la prensa oficialista de los años sesentas, dando espacio, no solo a las voces discordantes al régimen, sino a la oposición misma, a la cual, por cierto, el futuro presidente nacional del PAN no pertenecía aún y a la que se refirió en una magistral entrega como “Los caperuzos”, analogía inspirada en el tradicional cuento de Charles Perrault, cuya protagonista acude a la casa de su abuelita para llevarle deliciosos bocadillos que su madre preparó con gran dedicación, rogándole que se los entregara sin demora, ni distracción a la pobre anciana.
Mal que bien, ese cuento ya nos lo sabemos y, también, en qué termina. Christlieb, por su cuenta, compara a la incipiente y enjuta oposición mexicana de esos años con Caperucita al momento de encontrarse frente al lobo que usurpa el lugar de su abuela.
Christlieb advierte que Caperucita siempre estuvo consciente de que quien estaba postrado en esa cama no era su abuela, imposible de confundir con tan horripilante engendro, su enorme hocico, su peluda cara y sus tremendos, ojos, orejas, nariz...
Así, decía Christlieb, la oposición, como Caperucita, disfrutaba, no sin cierta perversión, de escuchar cómo la ingeniosa bestia se divertía mintiendo sobre su identidad y sus malsanas intenciones respondiendo muy quitado de la pena a cada pregunta: “¿Y por qué tienes esos ojos tan grandes? ¿Y por qué esto y por qué l’otro?”. “Para verte, mejor; para oírte mejor...”.
En semejante y perversa dialéctica se entretenía la oposición inocua e inofensiva al régimen, haciéndole el juego, más digno de una infantil fábula, que de un verdadero sistema democrático.
La moraleja la conocemos y el desenlace, también.
Al final, el lobo se fue un día... aunque de pronto lo tenemos de vuelta en Palacio Nacional, estrenando piel de oveja y juzgando por igual a Caperucita, a la mamá, a la abuela, al leñador, al narrador y al espectador.
Lo vemos todas las mañanas, muy a sus anchas en sus aposentos, presumiendo sus groseras facciones, sus afiladas garras y sus inefables mentiras, mientras que la oposición, la sociedad civil, el sector productivo y los demás caperuzos andamos por el bosque dando estúpidos y desenfadados brincos que nos llevan directo a su cueva, sin percibir el peligro que corremos, dispuestos a repetir una y otra vez las mismas e irracionales preguntas y disfrutando ante la inverosimilitud de sus cínicas respuestas; en vez de organizarnos, armarnos de valor y coger el hacha para abrirle la panza y sacarle a la pobre abuela, esa vieja esperanza a la que se tragó y suplantó.
Hoy, miles de bienintencionados caperuzos nos damos cita a través del Zoom para discutir la manera de enfrentar al licántropo, pregúntandonos por qué tiene esos ojos tan grandes y de dónde salió tan hocicón; en vez de hacerle frente de una vez por todas y ponerle fin a su odiosa historia.
A veces creo que parecemos niñas jugando al té y a la comidita, con galletas marías sumergidas en agua y una estufita de plástico toda rota y mugrosa.