Tierra de la Constitución

  • Columna de Marco Sifuentes
  • Marco Sifuentes

Jalisco /

En estados pequeños, la suerte de su capital casi siempre define la del estado, tal es el caso de Querétaro.

Ya desde entonces, cuando “El Cerillo” grafiteaba bardas, patrocinado por el gobierno municipal, el estado de Querétaro y su pujante ciudad se han venido entrelazando en una historia política de amor y odio (literal) que determina en buena medida de qué color se ha de pintar, primero entre el PRI y PAN y ahora entre éste y Morena.

Desde el primer día, el gobernador Nacho Loyola y el alcalde Paco Garrido se enfrentaron con todo. El primero representaba la política que hoy se conoce como “abrazos, no balazos” y el otro, el orden y la mano dura. Una disputa que vino a resolverse a favor de Garrido cuando un fatídico 5 de febrero de 1998 le llovieron pedradas de manifestantes al gabinete de Ernesto Zedillo. Loyola tuvo que endurecer su postura mientras el alcalde ordenaba y reubicaba al comercio ambulante en la ciudad. Pero el daño estaba hecho, la tirria entre ambos prevalece hasta hoy.

El siguiente trienio, Paco Garrido se apoderó de la presidencia del comité estatal del PAN para desde ahí, asegurarse la candidatura a gobernador, metiéndole el pie a todos sus contrincantes, incluido al gris delfín del gris gobernador, Loyola.

Quien en ese entonces le cargaba el portafolios al flamante presidente estatal panista, Ricardo Anaya, tomaba nota y aprendía bien la lección para, años después, superar al maestro, repitiendo la maniobra con alcances nacionales y consecuencias catastróficas para el país.

En los siguientes sexenios cada gobernador osciló entre el odio y el amor con los alcaldes capitalinos. Con el PRI, a Calzada y Roberto Loyola los unía más la complicidad que cualquier sentimiento de amistad. Con Garrido y Armando Rivera, al revés, la complicidad los hizo enemigos a muerte, pero por lo mismo, convenientemente inofensivos. Y cuando Paco puso a su consentido, primero de alcalde y luego de candidato a sucederlo, ahí se empezó a escribir la derrota del PAN. Novela en la que también Ricardo Anaya, entonces poderoso secretario particular y representante de negocios, dejó su sello personal después como fallido coordinador general de una campaña que empezó con 30 puntos de ventaja, mismos que se encargó de dilapidar. Aunque seis años después, Pancho Domínguez logró recuperar para el PAN la única entidad donde hoy este partido encabeza las encuestas frente a un Morena que avasalla a nivel nacional a pesar de tener al país de cabeza y sumido en la violencia y la impunidad.

Actualmente, en la penumbra asecha la sombra de un ex alcalde no muy querido por Pancho y que como diputado federal lidera una lista de heridos políticos y desempleados, que amenazan con una escisión en caso de no haber un proceso democrático al interior del PAN para elegir a su candidato. Además de que la pasada elección municipal la ganó el actual alcalde, Luis Nava, en un final de fotografía que se definió en tribunales un día antes de su toma de protesta.

Fe de errores: En mi pasada entrega di a entender que Querétaro llevaba dos gobiernos panistas cuando en realidad ha contado con tres, incluido el actual. 



marcosifuentes@mkf.comilem

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