En México siempre han existido actos de rapiña, que significa el robo o saqueo realizado con violencia o no, aprovechando un descuido o la falta de defensa. Es el acto de aprovechamiento de parte de las personas ante una calamidad, un accidente o un descuido. El pillaje es un sinónimo. Es un impulso del ser humano por medio del cual se mide su calidad moral y la ausencia de comprensión, conmiseración, fraternidad y solidaridad. La desgracia del otro está a favor de las personas sin esos valores, sin escrúpulos y ajenos a la caridad. La rapiña tiene mucho de irracionalidad, surge ante la posibilidad de hacerse de un bien rápido y sin aparente riesgo, a cambio de un pequeño esfuerzo. Cuando no se visualiza problema por el impulso, se cae en la desgracia: puede ser por la oportuna detención por parte de una autoridad, porque la imagen quede captada por alguna cámara y por lo tanto identificable, por quedar herido por una pelea por disputar un bien perseguido o por las circunstancias de la acción. Y lo peor, morir en el intento. Afirma el sabio empresario japonés-mexicano Carlos Kasuga que “lo que no es mío es de otro”; por lo tanto, en principio, todo lo que nos rodea fuera de nuestro patrimonio, es ajeno. Quien se apropia de lo ajeno es un delincuente, y peor, si lo sustraído se debe a un evento fortuito en el que la persona robada está indefensa. No es válido disculpar el acto de rapiña o robo por causa de la pobreza o la marginación social. Puede haber atenuantes, pero no deja de ser un delito. En nuestro país hemos experimentado de forma más visible y también más intensa la segregación urbana y residencial de la población como un fenómeno el cual, en principio, aparece con múltiples aristas y se manifiesta de diferentes formas, algunas más visibles que otras, como la proclividad al robo, a las conductas delictivas. Al parecer se conjugarían de forma circularlas desigualdades sociales y territoriales, la polarización económica y la segregación. Casi todas las personas mayores de 14 años han sido testigos de actos de rapiña, especialmente en las carreteras: camiones volcados con mercancía, automóviles y aviones con pasajeros heridos quienes en lugar de proporcionarles auxilio, son robados; camiones con animales que van al rastro y desde hace años, el robo de combustible que brota por accidente o de manera provocada, de los ductos. Aquí se juega con fuego, literalamente. Se aplica el aforismo de “la ocasión hace al ladrón”, pero no merece perdón. _
La rapiña como signo de degradación
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María Doris Hernández Ochoa
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