Las comunidades olvidadas de México

  • Educación y Sociedad
  • María Doris Hernández Ochoa

Tamaulipas /

Pese a la advertencia de muchos observadores de la vida nacional, los informes y declaraciones de los cuerpos de seguridad locales y de los Estados Unidos, la relatoría de la prensa respecto a la degradación social de varias regiones del país por el avance de la delincuencia, poco o nada se ha hecho para erradicar, combatir y garantizar la seguridad de las comunidades afectadas por la violencia.

Uno de los principios de todo sistema de seguridad es que, una vez detectado un riesgo o peligro, reconocerlo y actuar a tiempo.

En el caso de nuestro país, ha fallado el proceso porque la opinión oficial no es realista y, por lo tanto, no se ha actuado ni en lo preventivo ni en el combate frontal a la violencia, lo cual llega a convertir a varias zonas del país prácticamente perdidas por la ausencia de la autoridad.

Lo anterior provoca, en los habitantes de esas regiones, reacciones de defensa extrema como el formar brigadas llamadas defensas sociales, enfrentamiento armado y, en el caso más lastimoso, armar a jovencitos quienes, en lugar de llevar en sus mochilas libros o juguetes, llevan armas.

Estamos ante cuadros de desesperación, como se ve en la pintura del noruego Edvard Munch titulada “El grito” (1893); la imagen refleja la desesperación como la que viven los habitantes de las regiones dominadas por los cárteles.

Esas comunidades pobres, abandonadas a su suerte por un gobierno que justifica su pasividad frente al crimen organizado.

El país fue testigo de que niños y adolescentes estaban armados con rifles y dispuestos a hacer el trabajo de enfrentarse a un grupo criminal llamado Los Ardillos que, según sus pobladores, secuestra, extorsiona y asesina en el poblado comunidad de Ayahualtempa, Guerrero.

Fueron reclutados por la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias y Pueblos Fundadores (CRAC) para labores “de vigilancia”.

Tania Ramírez, de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), comenta que “más que un acto de reclutamiento forzado, es una expresión extrema, un grito desesperado de las comunidades, ante la falta de atención y de recursos frente a la crisis de inseguridad”.


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