La rapiña se institucionaliza como usos y costumbres

  • Educación y Sociedad
  • María Doris Hernández Ochoa

Tamaulipas /
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Pasado el huracán Otis en Acapulco, los ojos del mundo estuvieron observando con asombro el robo masivo y tumultuoso de todos los negocios o comercios que quedaron con las protecciones destruidas o expuestos sus productos al pillaje, pero además sin el resguardo de las fuerzas de seguridad.

Al ser interrogado por un periodista un alegre ladrón de mercancías que acarreaba en un vetusto vehículo, contestó con alivio que “al cabo la tienda tenía seguro”.

Se trataba de una acción operada con alevosía, que significa según el diccionario: “La circunstancia de haberse asegurado quien comete un delito, de que no corre ningún riesgo que pudiera provenir de una reacción defensiva por parte de quien es atacado”.

Trasgrediendo por lo tanto el equivalente al artículo 407 fracción VIII de nuestro Código Penal, que la define “cuando se robe a las víctimas de catástrofes o de accidentes aéreos o con motivo de tránsito de vehículos”.

Esto en términos coloquiales se le llama pillaje o rapiña, el aprovechamiento de una circunstancia para apoderarse de bienes de quien en los supuestos descritos, queda indefenso ante esa innoble acción.

En unas pocas horas que duró la “marcha triunfal de la cobardía y ausencia total de solidaridad” de los habitantes de Acapulco cuyos atuendos reflejaban pobreza pero su acción y vileza dejaron vacíos los grandes negocios como los supermercados, pero también tiendas que vendían otros tipos de mercancías.

¿En dónde quedó el etiquetado por la oficialidad “pueblo noble y bueno”? ¿Y la famosa y espontánea solidaridad del mexicano promedio? Ciertamente en esa masa amorfa y ladrona, no. Toda apropiación de un bien ajeno es un delito, que en algunos casos se puede justificar pero no exime lo ilegal, como cuando alguien roba alimentos por extrema necesidad.

Pero ese caso es muy difundido por tratarse de una famosa ciudad turística, de fama internacional.

Esos y muchos de los pobladores que viven a los lados de las carreteras, siempre alertas para el oportuno robo, están convirtiendo a este fenómeno que incita al pillaje, a lo que se denomina “usos y costumbres” populares, lo cual degrada a la sociedad.

Pero el fenómeno descrito no es privativo de las personas de las cuales se mostró un perfil típico, sino que también algunas personas “bien” que pasan por el lugar del accidente, se paran agregándose a la muchedumbre que se formó en cuestión de minutos… también para robar lo que para ellos podrían ser “bagatelas”, pero que les incita como travesura la emoción de apropiarse de lo ajenos.


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