Los valores de una doctrina humanista

  • Educación y Sociedad
  • María Doris Hernández Ochoa

Tamaulipas /
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Muchas veces ofrecidos como declaración de principios por los candidatos primero, y luego ratificados ya como gobernantes de nuestros países de Latinoamérica, los valores del humanismo pocas veces son evidenciados en la práctica de gobierno.

Para constatar la realidad política de esos gobiernos y la puesta en práctica del humanismo como forma de gobierno, es importante detectar la discrepancia que pueda existir entre la promesa empeñada y la opinión de los ciudadanos ante las vivencias en lo público.

Para ello es necesario que tengamos una idea, una concepción de lo que es el humanismo como doctrina, en el cual se coloca a la persona como pilar inamovible de un edificio doctrinal. Es decir, que toda forma de gobierno gira alrededor del bienestar y seguridad de la persona, y que todas las decisiones y proyectos estén enfocadas hacia el bienestar general y permanente.

A ese ambiente ideal pero no ligado a un romanticismo trasnochado o juegos de imaginación, se opone como desafío negativo que disuelve el propósito todo lo que le afecta a la persona: la inseguridad, el terrorismo, la violencia in terminable, el narcotráfico, el poder de las trasnacionales, la acumulación de riqueza de en manos de pocos en detrimento de muchos, hambre y miseria y escasos servicios de salud.

En fin, toda una pesadilla para millones sin término, a veces con una leve esperanza de mejor vida, pero que tarda en llegar.

A todo ese fantasma de la anti-humanidad se agrega la barbarie de los países en guerra y el terrorismo, como sucede ahora en el Medio Oriente que amenaza al resto del mundo por la búsqueda del control geopolítico, incluyendo el petróleo como supuesta garantía de supervivencia.

En la moral universal la vitalidad de una doctrina humanista va más allá de la coyuntura histórica porque se basa en valores perennes en busca de toda la humanidad, que rechace la discriminación.

Un gobierno humanista propicia la libertad y procura el respeto a la dignidad de la persona y se enorgullece genuinamente de servirles porque el ideal es la práctica del bien común, para intentar elevar a esas personas de su postración y frustración.

La doctrina humanista ve por la persona no como un votante y que “haga montón” en los eventos públicos, sino como un ser humano revestido de honor y urgido de reconocimiento como tal y no como “cosa” que se mueve por necesidades.

La actividad e interés en lo político es propio del ser humano, pero es necesario detectar sus verdaderos intereses, y no descubrirlos al final de su carrera si su balance financiero lo detecta.


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