Era verano, cuando el calor brota sofocante desde adentro de la tierra. Era verano, cuando el sudor brilla como rocío matinal sobre la frente y el bigote. Era verano, cuando mi abuela paterna murió.
Su última voluntad fue ser sepultada en la cima del cerro de su pueblo natal. Subíamos la pendiente detrás del ataúd bajo el pesado y cegador rayo de sol. Yo tendría ocho o nueve años y para distraerme miraba el cielo siguiendo una nube, o el suelo siguiendo las hormigas.
Como no tenía ropa de luto aquel día me puse una falda de terciopelo color uva, mi favorita. Era suave, fresca, a la rodilla, con poco vuelo y un moño al costado. Con ella podía caminar, jugar, correr libre y mi sensación favorita era el momento de ponérmela: la tela fría sobre mis piernas.
Estaba cansada, de malas y sedienta cuando sentí las diminutas patitas recorrerme las pantorrillas como un escalofrío. No me di cuenta y pisé un hormiguero. Con saña, decenas de bichos me mordían los chamorros. Yo me las espantaba con la mano, pero las canijas se aferraron tanto a mí que sus pequeños cuerpos se desprendían de sus cabezas pegadas a mi piel infantil.
Yo lloraba de dolor. Mi madre me miró y primero confundió mis lágrimas con el llanto del duelo, luego pensó que más bien eran lloros de berrinche y me regañó. Yo no dije nada hasta llegar a la punta. Una vez ahí le mostré mis piernas hinchadas, rojas, llenas de ronchas. “¿Por qué no dijiste nada?” No sé. Toda la noche tuve fiebre.
Desde ese día no volví a usar faldas. Me avergonzaban mis piernas que quedaron con manchas y cicatrices por todo el empeine hasta los muslos. No se quitaban con nada y pasé mi adolescencia jalando hacia arriba las calcetas escolares y untando cada noche pomadas, de árnica, nácar o tepezcohuite con la esperanza de excarcelarme de los pantalones.
Dicen que los jeans son la prenda de la liberación femenina, de expresión y rebeldía juvenil, pero yo jamás admiré tanto a alguien como a las mujeres rarámuris deslizándose en el viento veloz con faldas de colores vivos.
Pensaba al verlas en la tele, “sí se puede”, y también, “¡qué chingados!”.
Y entonces, me fui animando, primero a usar mallas gruesas debajo, luego, con más confianza y conforme me hacía más mujer, medias vanizadas. Nunca me sentí más femenina. Y aunque las cicatrices traslucían un poco, al pasar de los años, dejó de importarme. Qué chingados.
Cuando ya no te importa entonces, de veras, eres libre. Que si las manchas, que si las cicatrices, que si la celulitis, que si muy flacas: popotitos, que si muy gordas: jamones, que si muy pálidas, que si muy morenas, largas, cortas, viejas o lozanas, aguadas o torneadas, depiladas o no. Son piernas. Qué chingados.
Después vinieron otros problemas: las miradas acechantes que muerden, también, y lastiman. Pero eso se resuelve igual, con la indiferencia, sin el miedo. Qué chingados.
Hoy vuelvo a usar, sin temor, mis faldas, chiquifaldas, mini, largas al tobillo, pegaditas, sueltas, escocesas, abombadas, de tubo, circulares… porque la vida se va y ya es verano, otra vez.