“Es ropa de muerto, la sacan de las tumbas o los hospitales, sí, viene de Estados Unidos y vete a saber cuántas enfermedades y chinches tiene; no, no, no, ven aquí, que para usarla hay hasta que hervirla”, me decía mi abuela cuando pasábamos frente al tianguis de la colonia. A pesar de la prohibición, yo miraba a lo lejos las lentejuelas de algún top noventero reflejando pequeñas lucecitas en todas las direcciones o me visualizaba usando aquel pantalón tendido con la silueta que tanto había buscado, porque en las tiendas sólo había rectos o entubados, pero yo quería más bien uno como el de Belinda en Muriendo Lento. Entonces me quedaba con las ganas, imaginando, tan solo. Perdóname, abuelita, pero desde que no estás y desde que tengo mi propio dinero, voy a la paca casi cada fin de semana.
Recién leí que hoy en día uno de cada dos mexicanos consume ropa de segunda mano, pero eso aún no lo veo. Lo que sí, y lo que se puede medir en la red, es que el recommerce o comercio de moda second hand online continúa consolidándose como una de las principales tendencias de consumo.
De acuerdo con GoTrendier, una plataforma líder en compra y venta de prendas también llamadas preloved, este segmento ha crecido impulsado por el interés en la sostenibilidad y el ahorro económico de las nuevas generaciones, y sí, también por la fantasía retro de lo vintage, al grado de que se estima que para 2029 o 2030 el mercado de reventa superará al fast fashion.
En su informe De Primera Mano sobre la Segunda Mano, la plataforma señala que el mercado mundial de ropa de segunda mano podría casi duplicarse para 2027, alcanzando los 350 mil millones de dólares. Y en México, las entidades con mayor actividad tanto en compra como en venta de moda sostenible son el Estado de México, Jalisco, Nuevo León, Puebla y Guanajuato; que en el caso específico de Puebla, concentra 3.96% del consumo y 3.99% de las ventas.
Pero esto sólo es una parte, la venta digital, la del clic, no se compara con la venta entre humanos capaces de estrecharse la mano, tocar billetes, sonreír y llamarse mutuamente con motes tiernos como “amiga”, “bebé” y, por supuesto, “neni”. Que no se acerca a la experiencia de ir hasta el puesto de la señora de la que ya te has hecho íntima, que sabe tu talla, la hora en la que irás y te aparta los pantalones que también ya conoce son de tu estilo y te deja probártelos encima de la ropa mientras hablan de lo poco que ya alcanza el tiempo y el dinero.
Cuando el encierro pandémico nos limitó a nuestro propio cuarto tuvimos mucho tiempo para revisar nuestro ropero y sacar los atuendos que ya nunca usamos en aquel día especial, que ya nunca llegó; cuando la muerte latiendo afuera nos recordaba la improbabilidad de otra ocasión, otra fiesta, otro día en el trabajo. Ante la incertidumbre, esas prendas fueron entonces el sustento de muchos, para terminar de pagar su universidad, el mes de renta o ajustar la semana.
El punto de encuentro de las nenis en Puebla era, y todavía es, El Gallito ubicado en El Paseo Bravo. Pero nunca el ayuntamiento se puso tan estricto con las vendedoras como en aquellos tiempos, llegando incluso a arrebatarles las blusitas de las manos en nombre del ordenamiento público, asediándolas, tomándoles fotos e invitándolas pasivoagresivamente a irse del lugar. Incluso los vigilantes del RUTA tenían la indicación de echar a los comerciantes que usábamos como punto de entrega alguna de sus estaciones.
Ahora ellas tienen designada la 13 poniente, donde, desde luego, deben pagar para poder montar su puestecito debajo de una carpa, pero así las cuentas ya no salen. Entonces muchas ventas siguen concretándose en Facebook, en el mundo de Internet donde influencers enseñan a armar looks completos con solo 100 pesos en la paca. Sobrevivimos a la duda, tuvimos que encontrar el modo, y tarde o temprano hubo que volver a recuperar los espacios perdidos, los tiempos perdidos.
Perdóname, abuelita, pero no le tengo miedo a los fantasmas ni a las segundas oportunidades, eso sí, aprendí a lavar bien, a purificar las ropas que fueron ya de alguien para seguir dotándolas de vida, una vez más.