Sazón, batería y reggaetón

  • Todo es vanidad
  • Mariana Velázquez

Puebla /

El problema fue que me pedí un jarocho especial sin saber qué era un jarocho especial. Asumí que aquel nombre mexicano y jocoso sería otra forma de llamar al lechero de Veracruz. Ignoraba, por supuesto, que en el primer sorbo la lengua se me crisparía al contacto de una ola oscura con al menos cinco espressos (exagero, tal vez sólo dos) con canela y piloncillo. Me lo tomé de todos modos y la mañana fluyó con normalidad hasta que de golpe me explotó la cafeína en la cara justo cuando íbamos llegando al Museo Franz Mayer, en Ciudad de México.

Emocionada, ahora el doble, por ver la exposición ¡Moda Hoy! Diseño Latinoamericanx y Latinx Contemporáneo, entramos a la primera sala. Nos recibió una chamarra de Equihua, confeccionada con un mítico cobertor San Marcos con rosas al frente y en la espalda el rostro de la Virgen de Guadalupe. A un costado, lucían vestidos de Oscar de la Renta, Ramón Valdiosera, Henri de Châtillon y más diseñadores reconocidos por mostrar, desde el siglo XX, lo que significa la moda latina.

En general, la exhibición, curada por Tanya Meléndez y Melissa Marra y presentada inicialmente en el FashionInstitute of Technology de Nueva York, repasa el efecto de la diáspora latinoamericana en la moda, a partir de ejes como política, sostenibilidad, género, herencia indígena, elegancia, migración y cultura regional y urbana. Así, el trabajo de 45 diseñadores, desde contemporáneos como María Ponce, Carla Fernández y Bárbara Sánchez-Kane, hasta nombres globales como Willy Chavarría y Carolina Herrera, sirvió para reconocer la identidad, el origen y, desde luego, la estética, de América Latina.

¿Pero todo esto por qué? ¿Para qué falta definir qué es lo latino? “Ahora todos quieren ser latino, pero les falta sazón, batería y reggaetón”, defendió BadBunny hace unos meses en el SuperBowl LX, cantando en español ante 125.6 millones de espectadores. Luego, apenitas, la colombiana Karol G se presentaría en el Coachella y gritaría orgullosa: “soy la primera latina mujer en encabezar este festival”, para después bailar mambo e invitar al escenario al mariachi femenino Reyna de Los Ángeles.

“¿Para ti qué es lo latino?”, pregunté a mi amiga. “Creo que es una etiqueta que sólo tiene sentido allá afuera. Por ejemplo, si vives en Estados Unidos y tienes que decir ‘soy latina’, con sus consecuencias, claro, pero entre nosotros ya sabemos lo que somos”. En mi trance cafetero decidí buscar la respuesta en mis adentros: “¿Soy latina?, ¿me estoy sintiendo latina ahora mismo?, ¿será que ese sazón, batería y reggaetón es lo mismo a lo que se refería Celia Cruz con el tumbao?”.

Salimos, caminamos por Alameda Central y yo, al borde de una muerte por taquicardia, sentí cómo el pecho me saltaba al ritmo de las bocinas con cumbias; veía los puestos de elotes asados, de chicharrines, de rusas burbujeantes; en el piso, tendidos de vestidos bordados a mano, playeras chinas con la cara de Sonic, niños bañándose en las fuentes, skates, y donde algún tiempo hubo punks, ahora sólo había chicos aesthetics, todos conviviendo en el mismo lugar, en el mismo tiempo, en un grito callado que dice “aquí estoy, esto soy”, usando como canal la moda, las canciones y los danzones.

Nos sentamos en una banquita, miraba hacia arriba la Torre Latinoamericana y entre cada palpitación pensaba en todo lo que nombramos y repetimos, en el importante trabajo que hace aquella persona que se toma el tiempo de escribir en el largomenú de bebidas una ficha con su contenido, y aquellas más que dedican toda una vida a investigar y documentar a una sociedad, y en que hubiera podido disfrutar un poco más mi café si tan sólo yo hubiera preguntado qué carajo era exactamente un jarocho especial.


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