'Showroomen' el mercado

  • Todo es vanidad
  • Mariana Velázquez

Puebla /
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La primera vez que descubrí lo que es la "moda" fue a los siete,cuando veía a mi abuela vender ropa en el mercado Xonaca. Llegábamos temprano, juntas subíamos la cortina y barríamos la banqueta. Mientras ella limpiaba del mostrador el polvo que se desprendía del techo humedecido durante la noche, yo –jugueteando–, sacaba los maniquíes y colgaba en la fachada los nuevos modelos cubiertos con bolsas de plástico.

Tomábamos café con pan para desayunar, las señoras que venían de dejar a sus hijos en la escuela pasaban echando un vistazo curioso y rápido. Jamás se detenían hasta después de haber comprado el mandado. Llenas de bolsas pesadas, acaloradas y con el monedero en la mano regresaban para, ahora sí, recorrer con la mirada el local de 4x4.

Mi abuela conocía a sus clientas y aprendió lo que quería y necesitaba cada una: blusitas, pantalones de vestir y vestidos. Por eso, la mercancía disponible casi siempre era la misma; acaso variaban los estampados. Los materiales también solían ser los mismos: algodón, lycra, poliéster y gabardina; y, por supuesto, las tallas, desde la XCH hasta la XXL. Pero esas sólo las traía bajo pedido porque casi no se vendían.

- Doña Cristi, ¿cuándo trae más blusitas como esta?

-Ora en la quincena que vaya a surtirme a Tepeaca le traigo más.

-Tráigame una en azul, negro y otro color que haya, pero amarillo no porque me aprieta.

- Doña Cristi, ¡no me quedó el pantalón!

-No se preocupe, clientecita, se lo cambio. La siguiente semana le consigo otra talla.

-Otra talla si me hace el favor, ya si no hay pues otro modelo, pero de preferencia que tenga pincitas en la cintura.

- Doña Cristi, fíjese que tengo un bautizo este fin. Enséñeme sus vestidos.

-Mire, tengo estos, apenas me llegaron estos otros y también tengo trajecitos de dos piezas.

-Ay, este de florecitas está bien bonito, pero no acompleto.

-No se preocupe, como usted ya es de confianza se lo anoto y me va dando en la semana.

Yo las escuchaba platicar mientras veía alguna novela en la tele o terminaba la tarea. A veces, después de concretar la venta, seguían conversando hasta que llegaba otra clienta o ellas debían irse para “avanzarle a la comida”. Luego de eso mi abuela regresaba a poner el dinero en la caja,no sin antes hacer cuentas en la libreta y apartar en un bote lo correspondiente a la renta del mes. Sólo entonces volvía a sentarse para continuar con su bordado.

Siempre me gustó ver cómo las señoras se iban contentas con sus prendas. En una bolsa de plástico, a lado de la carne y las cebollas, se iba un vestido que usarían el sábado. Ese vestido las haría sentir hermosas, fuera de la rutina, renovadas, bailadoras y coquetas, hasta la siguiente fiesta, que quién sabe cuándo sería; pero, mientras, la fantasía ya era suya.

En ese entonces yo no conocía términos como drops, trendsetter, casual wear, athleisure, showroom y demás palabras que dan cosquillas en la lengua. Antes de Instagram, antes de los blogs de moda, antes de las revistas y las pasarelas, lo primero que descubrí fue ese alegre intercambio comercial donde, más que canjear unos billetes por ropa, habían dos personas ayudándose mutuamente a enfrentar el reto de sobrevivir.

Así cada día.


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