La incongruencia es parte del ser humano. Cuando vamos creciendo y nos vamos “adecuando” al mundo exterior, a los otros y a nuestras percepciones, vamos acomodando la forma en que actuamos a esas percepciones, no tanto a cómo “debería ser”. El “deber ser”, que es un ideal inalcanzable, también se nos presenta como una “opción” en las sociedades modernas, donde “todo es válido”. ¿Te cae gordo tu jefe? “Es muy válido”. ¿Participas de forma pasivo-agresiva en las juntas con él? “Es muy válido”. Son tus sentimientos, lo que debes “dejar fluir”. ¿Le dijiste que era un dictador en medio de una de esas juntas? “Es muy válido”. Si te quedas sin empleo, al menos estarás siendo “congruente” con tus valores.
Pero la realidad es que no somos congruentes, no nos vale y no estamos haciendo lo que debemos. Ahora sí que: “ni pichamos, ni cachamos, ni dejamos batear”. Sentimos que, como nos merecemos sentir y dejar fluir estos sentimientos, podemos darnos el lujo de perder las formas o el tacto hacia otras personas. “Pues si se enoja, ya tendrá dos trabajos”, ¿no?
No. A todos nos encantaría que el mundo funcionara así. Que las cosas que salen del corazón son las correctas y las más inteligentes (aunque estemos confundiendo órganos), que “todo cayera en su lugar”, que el “Universo” nos enviara “señales” de lo que está bien o no. Que cada quien se hiciera cargo por completo de su vida, sus problemas, sus emociones y necesidades. Sería ideal que con “merecerse abundancia”, nos cayeran miles de millones de pesos en las cuentas bancarias. Pero el mundo de la gente regular no funciona así. Todos somos incongruentes, algunos hasta el punto del cinismo. Todos sentimos que nos merecemos las cosas sin dar nada a cambio, solo “decretando” o “atrayendo”. Que el amor verdadero es el que se siente “fácil”, el que está cerca, cómodo. Es decir, tendemos a creer en el “merecimiento” como una moneda de cambio moderna, donde todo lo que “nos merecemos” debe ser proporcionado sin ninguna condición o ningún esfuerzo. ¿Pero eso es merecerse las cosas?
Recuerdo que en la infancia, en casa, había algunas cosas que debíamos “ganarnos”. Los permisos para fiestas o salidas solo se otorgaban si había buen comportamiento o calificaciones. No nos “merecíamos” salir, demostrábamos que nuestros padres nos podían dar la confianza de salir. Cuando llegué a la universidad, me confundían los compañeros de clase que llegaban a decirle al profesor que “se merecían” un 10. ¿Por qué? ¿Bajo qué estándares? El profesor casi siempre parecía confundido. Esos estudiantes casi nunca daban razones de peso u objetivas. Solo “se merecían un diez”. Por ser, por existir.
Ahora: debemos que aceptar que hasta el ser más horroroso de este mundo merece cuidado, amor, protección de la ley y del Estado, etcétera. Hay personas que carecen de todo esto, sin merecerlo. Que son señaladas, perseguidas y discriminadas solo por “ser” o pertenecer a cierto criterio que nuestra mente ha impuesto. Pero existen otras muchas cosas por las que debemos trabajar. Lo menos que podemos hacer es ser humildes y entender esto, todos los días, para poder entonces encaminarnos hacia el trabajo o los procesos que harán que nos merezcamos un mejor trabajo, mejores condiciones de vida, mejor casa, mejor auto, mejor novio, mejores oportunidades. ¿Se entiende la diferencia? Una cosa es “merecer”, ganarse las cosas, y otra el “merecimiento”, la noción egoísta o narcisista, pero cerrada, de que todo nos pertenece y, por ende, nos lo merecemos. Analicemos desde qué postura estamos viviendo.
Nos leemos pronto.
Merecer o merecimiento, la pequeña “gran” diferencia
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Mariela Solís
Ciudad de México /
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