Quetzalcóatl y la Navidad

Ciudad de México /

La imagen se volvió viral la tarde de ayer. Un usuario de twitter difundió una foto de lo que pretendía ser un arbol de Navidad, muy estrafalario y peculiar. “El pésimo gusto ya llego al Senado, vean nomas el árbol de navidad que nos recetaron”, se podía leer en el comentario que acompañaba a la fotografía.

Y es que la figura colocada en la explanada de la Cámara Alta era más bien una pirámide de madera, escasamente cubierta con escarcha verde, casi desprovisto de luces o esferas. En la punta, en lugar de la estrella de Belén, le colocaron un penacho y a manera de escarcha, descendiendo por uno de sus laterales, una serpiente emplumada simbolizando a Quetzalcóatl.

¿Qué tiene que ver Quetzalcóatl con la Navidad? Solo los de la Cuarta Transformación lo saben. Su diseñadora afirmó se trataba de un tributo a nuestras raíces.

Cuestionado al respecto, el líder de los senadores de Morena, Ricardo Monreal, reconoció la fealdad del árbol y sugirió rehacerlo.

Lo cierto es que no es la primera vez que se intenta asociar al dios prehispánico a esta fecha.

Sucedió hace exactamente 81 años, por estas fechas. El entonces presidente Pascual Ortiz Rubio -vaya usted a saber si por iniciativa propia o de Plutarco Elías Calles- en un arranque de nacionalismo intentó sustituir los festejos extranjeros de la Navidad y el incipiente personaje de Santa Clós por lo que se supone debía ser una nueva tradición mexicana: hacer de Quetzalcóatl la figura central de las fiestas decembrinas.

Para ello, la Lotería Nacional realizó un magno sorteo extraordinario en honor a Quetzalcóatl, con un premio superior al medio millón de pesos. Además, mandó montar una pirámide de utilería -¿dónde hemos visto eso recientemente? ¡Ah, sí! ¡En el Zócalo!- en el Estadio Azteca, a donde convocó a los niños para que acudieran el 23 de diciembre de ese año a recibir los juguetes y dulces que supuestamente Quetzalcóatl les había traído.

Las crónicas de la época afirman que acudieron entre 10 mil y 15 mil niños. Afortunadamente, el festejo no se repitió. Digamos que su paso fue fugaz. Como el árbol de Navidad del Senado.

Mario A. Arteaga

mario.arteaga@milenio.com

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