No romanticemos la derrota, perder es perder

  • Columna Invitada
  • Mario Domínguez

Ciudad de México /
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M+.- Inglaterra fue mejor y el sueño terminó en casa.

Duele. Porque México volvió a quedarse en la orilla cuando parecía que ahora sí, la historia podía cambiar. Duele porque durante unas semanas nos permitimos creer.

Creímos porque el Azteca volvió a rugir, las plazas públicas se llenaron, las familias se juntaron. Por unos días, millones de personas se permitieron hacer a un lado la política, la inseguridad o la inflación. No porque ya no estuvieran ahí o no fueran importantes; sino porque se tenía que discutir sobre la alineación, un cambio o un gol.

Perdimos y nos vamos con la frente en alto… una vez más.

Pero no romanticemos la derrota. Perder es perder.

México volvió a quedarse corto. Y no hay mucho que celebrar en una eliminación. Pero reducir este Mundial al marcador sería no entender lo que ocurrió.

Porque no se trata solamente de futbol, nunca se trató solo de futbol. Esto es mucho más que veintidós jugadores persiguiendo un balón. Es la sonrisa de millones de niños que sueñan con ponerse esa camiseta algún día. Es el escape de millones de adultos que durante noventa minutos olvidan las cuentas por pagar, el trabajo, el miedo, la incertidumbre y los problemas del día a día.

Es una familia que se sienta junta frente a una televisión. Es un padre abrazando a su hijo después de un gol. Es una madre aprendiendo los nombres de los jugadores porque quiere compartir ese momento con su familia.

Vivimos en un país donde las malas noticias se volvieron rutina. Donde la violencia dejó de sorprender. Donde la corrupción cambia de nombre, pero rara vez desaparece. Hay comunidades donde el crimen impone horarios; jóvenes que sienten que estudiar ya no garantiza un futuro; padres que trabajan jornadas interminables para apenas llegar al siguiente mes.

Y aun así... cuando juega México ocurre algo extraordinario: Durante noventa minutos dejamos de preguntarnos por quién votamos; olvidamos si somos del norte o del sur, si pensamos distinto o si ganamos más o menos.

Durante noventa minutos… simplemente somos México.

Quizá por eso duele tanto perder; porque no solo termina un torneo, también termina ese pequeño espacio donde millones de personas vuelven a sentirse parte de algo. Y este Mundial dejó algo más. Nos recordó quiénes somos cuando abrimos las puertas de nuestra casa. Porque no solo abrazamos a la Selección Mexicana, también abrazamos al mundo.

Ahí estuvieron los aficionados de Irak, que durante el repechaje encontraron apoyo y cariño muy lejos de casa; o la selección de Irán, que convirtió a Tijuana en su hogar durante varias semanas, o los surcoreanos, que terminaron sintiéndose mexicanos en Guadalajara.

Miles de extranjeros que llegaron pensando que solo disputarían una Copa del Mundo y terminaron descubriendo un país dispuesto a compartir su mesa, su comida, sus canciones y hasta sus lágrimas.

México termina este Mundial siendo un país de 130 millones de habitantes, pero termina también con millones de nuevos mexicanos repartidos por el mundo, no por un pasaporte o nacionalidad, sino por el inmenso cariño que provoca el “ser mexicano” en cualquiera que se permite vivir esa experiencia.

Un Cielito Lindo cantado por personas que hace apenas unos días ni siquiera hablaban nuestro idioma. Por la fiesta y el baile, por compartir momentos con un “salud” o hasta un “quiere volar…”

Vivimos una época donde el mundo parece dividirse cada vez más: Guerras, fronteras, discursos de odio, conflictos diplomáticos, intereses económicos de los que ni el mismo Mundial se salva… líderes que no se ponen de acuerdo. Pero basta un balón para recordar algo que a veces olvidamos, los conflictos casi siempre pertenecen a otros, no a los pueblos, no a la gente. Los pueblos siguen queriendo conocerse, comer juntos, cantar juntos, celebrar juntos.

Y este Mundial fue la mejor prueba de ello. Mientras afuera el planeta discutía diferencias, aquí miles de personas de decenas de países convivían hombro con hombro sin importar la bandera que llevaban en el pecho.

Quizá por eso sigo creyendo que el futbol nos pertenece.

No a las corporaciones o a los contratos multimillonarios; no a la industria que mueve miles de millones de dólares.

El futbol sigue perteneciendo a la gente. A la familia que se junta frente a la pantalla; a los que escuchan el partido en un pequeño radio, para no descuidar sus puestos de trabajo. A los niños que juegan con una playera de tepito creyéndose Raúl Jiménez. A los desconocidos que terminan abrazados después de un gol.

Porque mientras por un lado tenemos derechos de transmisión, plataformas de pago, patrocinadores… la gente sigue viendo el futbol de la misma manera que hace cien años. Juntos. 

Compartiendo emociones con personas que hace apenas unos minutos eran completas desconocidas. Eso no lo compra ningún contrato, no lo venden en plataformas, no pertenece a ninguna empresa.

Nos pertenece a nosotros.

Por eso es de entenderse si hoy estamos enojados o con el coraje atravesado… sentimos que estuvimos cerca. Durante unas semanas imaginamos una historia distinta. Porque volver a ver a México despedirse duele. Pero también creo que este Mundial nos dejó algo que no deberíamos perder cuando se apaguen las luces del torneo.

Nos recordó que todavía somos capaces de creer, de confiar, de abrazarnos, de cantar juntos, de reírnos con los memes. De llorar por la misma derrota. De convertir a un desconocido en un amigo solo porque llevaba la misma camiseta... o incluso una distinta.

Y eso, en un país tan golpeado como el nuestro, vale muchísimo.

Los Mundiales terminan, los campeones cambian, las copas pasan de unas manos a otras. Pero cada cuatro años el futbol vuelve a recordarnos algo que ninguna guerra, ningún gobierno y ninguna frontera ha logrado borrar, que tenemos muchas más cosas en común que diferencias.

Perdimos un partido, sí. Pero durante tres semanas, México volvió a sonreír.

Y en un país que lleva demasiado tiempo aprendiendo a vivir entre malas noticias... quizá nunca deberíamos subestimar el poder de algo tan simple, y al mismo tiempo tan extraordinario, como volver a creer.


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