De puño y letra: HovikKeuchkerian

  • Fajadores y estilistas
  • Martín Eduardo Martínez

León /

Boxear, como escribir, puede ser una salvación o una condena, pero pocas veces una y otra profesión son ejecutadas por la misma persona. Ernest Hemingway, el más conocido híbrido oficiante contemporáneo que incluía el box entre sus aficiones, es un ejemplo irrevocable de la riqueza de un ser humano que busca satisfacer sus necesidades por medio de convertirse él mismo en un personaje. Antes de él, Arthur Cravan hizo lo mismo, con el añadido de haber sido, entre su larga lista delabores, estafador.

En este orden,HovikKeuchkerian (Beirut, Líbano, 1972), es un actor español de teatro, cine y televisión, poeta y exboxeador, campeón de los pesos pesados en España en 2003 y 2004 con un récord de 16-1-0, llegado a la península con apenas tres años a causa de la Guerra Civil Libanesa. Acreedor a diversos premios por sus actuaciones, en 2014 lanzó, junto con Yuri Méndez en la música, su álbum-poemario Resiliente, una colección lírica disponible en Spotify que en nuestros tiempos podría ser calificada como un acto de performance grabado en estudio.

Su temple de boxeador—dice— le ha dado la disciplina de la repetición: trabajar una y otra vez sobre la técnica para dar resultados aceptables en todas las cosas que hace diariamente. Resiliente, es a veces un estallido melódico que deja un buen dubstep en la cabeza; a ratos las rimas dispersas lo convierten en una ráfaga de rap que no niega el estilo de sus connacionales. Graves y agudos se combinan con la modulación de su voz que llega a los gritos, y las pausas enriquecen el proyecto para llevar al oyente a una especie de confusión por no saber con exactitud qué es lo que acaba de transmitir en sus auriculares. Recibir un golpe en la cabeza y comenzar a dar vueltas manteniéndose estático es una realidad boxística que Keuchkerian transforma en recurso musical, sabiéndose él el golpeador y el escucha el contrincante a punto de caer a ras de lona. Su voz es fuerte y certera, crítica y ácida en la autocontemplación: “Soy los espasmos de una polla sin agujero. / Soy la gangrena en unos pezones de miel. / Soy la tristeza de una paja a oscuras. / Soy una muñeca hinchable buscando su alfiler […] / Soy la sangre que me corre y el correr de mi sangre. / Soy mi latir, mi sístole, mi diástole, mi bombeo, / mi bomba de queroseno contando hacia atrás, / escondida tras las puertas de mi pecho”.

Las combinaciones temáticas que defiende con los puños, ahora sin guantes, transita por la cromática del amor al odio, de la vida a la muerte, de la guerra a la paz, de la identidad a la búsqueda del yo, y todos esos tópicos que tocan de refilón al miedo y al dolor se encuentran al final en un mismo cauce que es la esperanza: “Con mis fallos por bandera y mis éxitos olvidados / renaceré para mirarme a los ojos / y saber que puedo seguir soñando”, dice su voz que inconforme se da cuenta de que, a pesar de todo, el mundo cae enfermo, “y la enfermedad se llama “vivamos la vida de los demás porque no tengo cojones ni sangre para vivir la mía”.

Un acopio de verdades se repudia entre sí para enfrentarse al mundo y al oído, y lo cargan de metáforas provenientes de esa trinchera trágica que es la vida, injusta e insuficiente. Kuchkerian defiende lo propio como el resiliente que es, porque es la condición humana de golpear y recibir, esperando la victoria que a veces solo llega con la muerte, mientras al fondo aún resuenan un poema y una canción.

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