La semana pasada se volvió a pelear Canelo Álvarez con sus propias mentiras: el campeón en tres categorías distintas se llevó un nuevo cinturón que presumió junto con sus reconocimientos anteriores en su cuenta de Instagram, mientras hordas de inconformes se mofaban de él o le reprochaban su ausencia de profesionalismo como boxeador. Estoy con ellos. Rocky Fielding, inflado para fines de su última pelea con Álvarez, en ningún momento fue un rival digno de alguien que se precia de ser el mejor libra por libra del momento en territorio nacional; a lo mucho fue un buen empleado contratado por De la Hoya, fiel a las cláusulas pactadas en un contrato que seguro existe.
Por lo regular, los combates efectuados por campeones o aspirantes al puesto, tienen como antecedente el reto directo a otros boxeadores, rivalidades profesionales o ganas de tiro por cuestiones personales, no importa, porque existen y nos regalan buenas funciones sabatinas. Pero Saúl Álvarez no es de ese tipo. Fíjese bien: al término de todos sus encuentros, Canelo sólo afirma que el combate fue duro, o bien, que estaba seguro de que podría ganar la batalla sin mayores complicaciones; que seguirá preparándose para lo que venga, que está muy contento y que le agradece al público. Mas, cuando algún entrevistador le inquiere sobre las nuevas metas o peleadores en la mira, el de Jalisco -siempre- dice que lo hablará con el equipo, que sus manejadores tendrán la mejor respuesta para su carrera y que continuará trabajando para dar un buen show a sus seguidores.
¿Qué se supone que uno deba pensar al respecto? Ni Álvarez ni Óscar de la Hoya han salido a dar declaraciones sobre los futuros contrincantes en la carrera de aquel, salvo la revancha-desempate con Golovkin, que decepcionó a la gran mayoría del respetable. Deseo que de la boca de Canelo saliera un “quiero a Billy Joe Saunders” o un “voy ahora por Jacobs”, pero nada, y dudo que suceda por un buen tiempo, si es que alguna vez llega a ocurrir. La pelea con Fielding fue una raya más al tigre de la mediocridad de Saúl, y a nadie pudo engañar con su desempeño. Los comentaristas de los principales medios de cobertura halagan al jalisciense por su movimiento en el ring a pesar de haber tenido que subir 8 libras para poder sostener el combate por el título supermedianoregular de la AMB, pero eso ya nos suena a cantaleta conocida y pagada en favor de quien no vale todo lo que posee.
El asunto con Canelo es preocupante por la manufactura que tiene su figura; él jamás podrá ser un ídolo por sus propios méritos, porque está supeditado a lo que sus mánagers, jefes y asesores le dicen lo que debe hacer. Es un hecho que tendremos más funciones de este tipo por un rato, pues Canelo está dispuesto a seguir cosechando sus triunfos precocidos sin pena ni gloria. Sin embargo, más allá de los peleadores el caos se encuentra en los organismos que se precian de ser reguladores y mediadores de conflictos y corrupción y no hacen absolutamente nada por detener la proliferación de boxeadores que no merecen siquiera, en ocasiones, el terreno profesional. Al final del día esta situación no podrá erradicarse si se generan semana con semana nuevas casas como Golden Boy Promotions y productos como Saúl Álvarez; el negocio es redondo y hay que cuidarlo. Como empresa familiar está muy bien; como generación de credibilidad y confianza en el público algo les está fallando gravemente.
Qué bonito tener todos los millones de dólares que tiene Canelo en sus cuentas de banco, qué feo que sean el producto de un gran imperio de embustes a modo, como el último combate contra ese Rocky que, antes que fungir como un buen contendiente, fue apenas poco más que un sparring dispuesto a recibir todo el castigoposible para llevar un pedazo de pan a la casa.
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