Alegoría de la caverna

México /

Con todas nuestras conquistas y a pesar de ellas, descubrimos que hoy nuestra mejor estrategia contra la pandemia es regresar a la cueva. Temporalmente. Si se puede. En principio. La enfermedad que ha alterado la vida del planeta es la contradicción entre nuestros comportamientos más primarios y sus refinamientos. La espera es desconcertante. Las dimensiones del trastorno son categóricas y rara vez sabemos maniobrar entre absolutos.

La cueva es la casa o su ausencia y necesidad, la cueva es la percepción de la vida dentro de ella, pero también lo que sucede afuera: la otra realidad.

En algunas cuevas los individuos nos vamos enseñando a habitar un refugio nocturno —o que se limitaba a una permanencia menos duradera—, mientras que, en otras, discursos políticos acortan distancia con las figuras metafóricas en la alegoría de la caverna, de Platón. Se puede imaginar cualquier barbaridad, cuando los mundos de la percepción y la realidad están divididos por el entendimiento de las sombras en la pared de una cueva.

En el relato griego, una caverna estaba divida en dos por un muro. Al fondo se encontraba un grupo de prisioneros que nunca conocieron o aprendieron el mundo exterior. Del otro lado del muro, hombres cargaban a sus hombros varios animales que, con la ayuda de una hoguera, proyectaban su sombra contra la pared de los prisioneros. Éstos, al no poder girar la vista, se convencieron de que las proyecciones eran la verdad. No tenían muchas posibilidades para lo contrario. Su conocimiento era el de los sentidos. En cambio, el de los hombres de afuera partía del conocimiento inteligible: sabían que se trataba de animales.

Aún con opciones, la voz de Palacio Nacional escogió su propia cueva y la adornó con voluntarismo. Un gobernante hasta ahora dispuesto al convencimiento de los sentidos, en lugar de la razón. Abrazando la gratuidad que no da beneficio alguno, confundió optimismo con indecencia y se atrevió a espetar que la desgracia ayudaría a su proyecto político. En su propia caverna, la fragilidad, el dolor, el miedo y los muertos fueron sombras proyectadas en las paredes de Palacio.

En cuevas distantes, otras sombras alimentan esa especie de espectáculo morboso que sitúa nuestra extraña relación con la enfermedad. Las cifras desaparecen nombres y esos nombres no pueden ser leídos en las lápidas; los funerales tienen que esperar. Esa es la realidad inteligible del mundo entero. Los afueras más allá de nuestra propia casa.

En otros lugares y países, más cuevas proliferan.

Abril es el mes de más de un millón de infectados. No es la incertidumbre, sino la sensación de vacío. No saber qué esperar es la complicación social de la pandemia. Acostumbrados a conflictos de solución tangible, impacientes por curas, surgen expresiones convencidas de que lo imaginado es real. Las llamadas a controles férreos y toques de queda, hacen eco en quienes no tienen la menor idea de lo que es vivir a la sombra de controles extremos y autoritarios.

En la alegoría de la caverna uno de los prisioneros es liberado. Descubre la verdad atrás de lo que suponía y regresa para soltar a los suyos. La fantasía dentro de la cueva pudo más que la verdad fuera de ella. Evitémoslo.


@_Maruan


  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
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