Los excesos del poder no sólo se encuentran en ejemplos típicos del despotismo. El abuso más significativo es la transformación de la verdad a través de las herramientas del Estado.
¿Cuál es el mayor deterioro de este lustro? Quienes respondamos alrededor de la habitabilidad democrática en el país, quizá nos enfrentemos a la enumeración de sus fallas posteriores a la alternancia. Sería necio negarlas; en parte, su consecuencia evidente es el gobierno actual. A pesar de ellas, también podremos defender el papel que habían cobrado en la vida pública los intangibles que permiten aspirar al desarrollo de mejores entornos democráticos: cierto grado de verdad, pudor ante la tragedia y rechazo al descaro. Cada uno, construcciones cojas de la pedagogía política nacional.
Si veníamos de una democracia corrupta, fácilmente amoral y a menudo soberbia, ésta no se corrigió con el desbaratamiento de parámetros para medir vocaciones por lo inmoral, la ineptitud, desfachatez y soberbia panfletaria.
La pedagogía de Palacio ocupó el lugar de los asomos previos e hizo intrascendente la sinvergüenza de negar la violencia contra el periodismo y la impunidad generalizada. Consiguió hacer aceptable el engaño.
Se ha escrito de las herencias que se dejarán al siguiente gobierno, sin distinción cual sea. Carga fiscal o militarización, entre otras. Hay una herencia más discreta que dificulta la relación con la democracia en México. Hablar de ésta no se limita a gobiernos, incluye a sus sociedades. La manipulación inscrita en la cultura del abuso presidencial ha permitido cohabitar con nociones aparentemente tolerables de desastres ambientales, nepotismos y la toma sectaria de la administración pública. En Chiapas, más de dos mil ciudadanos forzados al desplazamiento interno se suman a los logros de una estrategia que mantiene al país en una crisis de homicidios, sin ser suficiente para rechazarla.
El deterioro de la democracia electoral es medible a través de la modificación de reglas que deben permitir la incertidumbre; el deterioro en la relación con la verdad afecta la civilidad desde la cual se puede pensar en términos republicanos, dando lugar a su instrumento predilecto, la democracia.