Es nuestra disfuncionalidad política la que se evoca en buena parte de la literatura que escribimos y leemos. Siguen los tiempos recios porque no dejamos de pervertir aspectos elementales para la supervivencia social.
Entre el abanico de voces de quienes participamos en Guadalajara de la V Bienal Vargas Llosa la semana pasada, Literatura para tiempos recios, queda registro de la manera excesiva en que la violencia es materia prima de la literatura latinoamericana. Contamos con todas sus formas: la pública, la privada, la criminal, la del Estado, de la indiferencia y el acomodo. Escribimos y pensamos alrededor de la barbarie o del daño. Somos ese espejo análogo del que no alcanzamos a desprendernos.
Si leyésemos la política nacional en código literario nos daríamos cuenta de su pequeñez y tendencia pintoresca. El adjetivo poco halagadordescribe la banalización creciente de lo severo, el desapego al sentido político de la comunidad y la tolerancia a lo irracional. Rompemos el umbral de lo adecuado, si eso existe.
En qué otro campo, sino el pintoresco, cabría la magia de los amuletos contra la enfermedad, el subsecretario espiado por los militares, las matanzas que no ocurren salvo para los muertos, la democracia de una sola tribuna, los tres mil desplazados de Comalapa.
La literatura del autoritarismo tiene grandes exponentes en nuestra tradición. Evitando caer en hipérboles, El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, recordada en las conversaciones de la cátedra acompañando la Bienal, bien merece una relectura cuando la retahíla sobre la ausencia de opciones y evidente precariedad opositora es el gran pretexto para no asumir el deterioro democrático que tiene origen en el discurso oficial.
Hemos aprendido más historia de la literatura que de la historia, se pronunció en una de las mesas.
La estética es el ejercicio intelectual y sensible con el que se busca imprimir nociones a un objeto, a una obra o a un planteamiento político. Y las utopías secuestraron la estética como su territorio.
Lo pintoresco debería ser suficiente razón para que un proyecto político pierda el poder. Sólo que nos gusta lo pintoresco de las utopías, aunque sean detestables en la vida real.