Su historia es vieja como el siglo XIX. A Luis II de Baviera se le conoció como el Rey loco. La leyenda cuenta de sus excentricidades el disgusto que tenía por comer con personas. Entonces, lo hacía entre estatuas. Sus súbditos lo quisieron.
Han pasado casi dos siglos y eso que llamamos modernidad. Los desplantes autoritarios, con todo y su estridencia, no son necesariamente lo que más debería preocuparnos. Menos importa la confusión entre los nombres de Groenlandia e Islandia durante el discurso de Trump en Davos. La gran alarma de la época se encuentra en la adaptación general a la mentalidad de un rey loco. Del nuestro.
Los delirios son riesgosos al provenir de gobernantes, su condición de fatalidad nace con la gente que se suscribe a ellos.
El presidente de Estados Unidos, por encima de otros, no cuenta con muchos favores de ese espacio en el que es posible separar con benevolencia los positivos y negativos. Falta de honestidad intelectual aparece en la aceptación, sin matices, a las acciones militares fuera de su territorio y el rechazo simultáneo a las políticas dentro de ellas, o su propensión a la mentira. Parten de una sola lógica. No son disociables.
El rompimiento al modelo que se ve como un paréntesis en el que tuvo sentido hablar de reglas y formas es más que eso. Si en el paréntesis buscamos instituciones y sus ideas para evitar los peligros de las filiaciones, ahora son éstas quienes trajeron de regreso un pasado que no quiere soltar.
Después de Groenlandia, si baja la tormenta con el aparente acuerdo entre la OTAN y la Casa Blanca, permanecerán asuntos más tangibles: la frontera mexicana, los migrantes y las dictaduras de Irán y Cuba. En todos, la discusión entre los votantes para las próximas elecciones en Estados Unidos y muchas afinidades alrededor tienen menos resistencias que el Ártico. No todo es California, Minnesota o Nueva York y los aliados europeos de Washington hoy ya son más del corte de Orbán o Lukashenko.
Es un instante triste en el mundo entero. Vendrán otros. Por lo pronto, ha perdido la batalla de la racionalidad el ejercicio del método político como forma de adecuar la vida de las sociedades para no afectar demasiado la vida misma.