La mentira es a menudo el motor de las campañas electorales. En México, éstas son el triste motor de la vida pública.
Contrario a una suposición común, la democracia en su entendido simple no implica nociones de responsabilidad. Para hacerlo debe sumársele ética. Promesas sobran para ganar votos, falsedades reinan para afianzar pertenencias.
La democracia con consecuencias es un asunto más elaborado: la transforma en un régimen de administración social.
Rechazando esa complejidad, Palacio ha recurrido a la más burda de las mentiras políticas: la exacerbación de la identidad nacional. Bajo su amparo, reforzó la abstracción del pueblo hasta convertirlo en nación.
Cuando sucede eso, el nacionalismo adquiere la estructura de una religión. Ahí tendrá, por definición, cada una de sus fallas institucionales: la corrupción, los abusos, su opacidad.
El entorno construido por la administración actual le impone una complicación a la competencia política: ¿cómo situarse frente al nacionalismo? Al tratarse del futuro de un país es imposible prescindir de él, pero si todo nacionalismo reductor tiene en las fuerzas armadas su instrumento predilecto, el nuestro les transformó en administradores públicos. ¿Cuánto tiempo evitarán las campañas hablar de los militares?
Los militares no hacen política. Están acostumbrados a que la realidad se adapte a sus intenciones.
La mentira en este sexenio no se limitó a lo falso, sino a la alteración de la relación entre distintos elementos. En el fervor por desaparecer las relaciones de causa y efecto, la causalidad ha dejado de existir como un componente de la racionalidad. Sin la menor ética, la candidata oficialista le llama amor del pueblo a la deforestación de la selva, la contaminación del agua, el rechazo a las preocupaciones de comunidades afectadas por la construcción de un tren.
Aquí lo federal se privatiza cuando se transforma en militar. Tenemos regiones con un conflicto armado interno sin que se reconozca su existencia. Por tierra, evocando el cancionero, la Defensa uniforma el turismo en su tren militar.
La continuidad pocas veces es tan reaccionaria.
Frente a lo militar, la exigencia en las campañas debe apostar por un mínimo de verdad.