No se fracasa en la fantasía, esa es una condición estricta de la realidad. Por eso la primera gusta tanto a los funcionarios mediocres. Solo uno de los dos espacios es terreno de trabajo para la política. El lugar imaginario, el que sirve de ruta de escape para no confrontar los hechos y da sustento a la demagogia, termina en lo que no puede ocultarse.
En 2017, hace dos gobiernos, México rechazó la existencia en el país de un conflicto armado interno. La postura sigue siendo la misma. Desde 2006, la situación que lleva a la clasificación se profundizó. Fuerzas armadas gubernamentales se confrontan con uno o más actores no estatales, estos grupos se confrontan entre sí. Su violencia sobrepasó el mínimo de quien no esté dispuesto a negarlo y el par de décadas muestran lo prologado que pide la definición.
Al negar el conflicto armado interno, las fuerzas parte de éste evolucionaron como un virus al siguiente paso: su integración política. La cúspide de la metamorfosis de lo disfuncional, hasta hacerse funcional para sí mismo a costa del Estado. Eso incluye a su sociedad.
A los mineros asesinados, a las fosas con restos humanos descubiertas en su búsqueda, a las demás y muchas fosas que podrían hacer mapa de nuestro territorio y catálogo de indiferencias. Las desapariciones, el desplazamiento forzado por violencia. La corrupción que no podría ser más mexicana al retratarse en los apelativos proverbiales de la identidad nacional. Diego Rivera y Tequila no son realismo mágico sino caricatura trágica.
Al ver ciertos saldos, resulta difícil no pensar en cuáles son los límites nacionales. ¿Los hay cuando la fantasía ocupa demasiado tiempo?
Una enfermedad contagiosa hace brotes extensivos sin que la falta de vacunación sea debilidad de un sistema sanitario que se niega a reconocer su naufragio. Si era un barco pequeño ahora apenas alcanza para balsa. La voz oficial señala la responsabilidad afuera. Siempre es alguien más. Lógica del complot, incapaz de reconocer sus propias huellas mientras pisotea. Ahí, en la fantasía, se fue el nombre de quien tenía reputación de buen médico. ¿Quién dijo que eso era garantía para hacer política pública? Esa que necesita dosis de realidad.