A costa de sus favores políticos, la plaza siempre facilita la exacerbación de las peores naturalezas. Por eso se necesita prudencia al usarla. En cambio, México optó por hacer de su vida pública una plaza gigante. No somos, ni aquí ni en ningún lado, una especie que brille en multitud y menos cuando ésta se asume como la única y sus pasiones se consideran por encima de todas o sin límite alguno.
Es la relación con los límites la que permite la convivencia política. Hemos ido rompiendo los contenedores de la hoguera en el fomento a la idiotez, que se renunció a combatir como estrategia política.
Sin límites, el cretinismo triunfa en la retahíla de mentiras producto de la negación en la ranciedad del nacionalismo a aceptar la verdad: en este país se tortura, mata y documenta la barbarie que elude la tribuna máxima. Gana terreno en el disimulo de los adherentes volteando a otro lado cuando un grupo enciende en llamas la figura de la ministra presidenta de la Corte.
Antes de comparaciones tontas. Si en otros países hogueras similares son esporádicas, lo que se espera en simultáneo es el respeto por la autonomía de los poderes.
Autonomía de un poder es autolimitación de otros sobre el primero. Reconocimiento de su existencia y sus funciones. ¿Con qué límites se ve Palacio?
El cretinismo se institucionaliza en la tibieza de un rechazo incapaz de asumir el contexto nacional y la responsabilidad de las palabras. Para la voz presidencial los sinlímites, los incendiarios, eran una minoría. Siempre lo son. Eso jamás evitó la violencia ni el descontrol de la ira. Por ello inventamos la política, para que las minorías de fundamentalistas no absorban a las mayorías.
En un escenario normal, la oposición podría solo pensar en cómo y cuándo elegir a sus candidatos. Hoy, tiene que incorporar otros parámetros. Para dentro y hacia fuera de las fronteras.
En el país de los sinlímites, durante las siguientes elecciones, cómo esperamos que actúen esos minoritarios que incendian la figura de quien consideran su adversaria.
El fundamentalismo normalmente avergüenza a sus comunidades. Aquí, apenas evoca uno que otro matiz al radicalismo para ocultar los efectos de su continua
irresponsabilidad.