La indecencia

Ciudad de México /

Buena parte de las campañas electorales tienden a ofrecer una imagen irracional del mundo, atada a pequeños trozos de su realidad. Si ese balance, natural a pesar de gustos e ingenuidades, prescinde de verdades innegables en un país: violencia, opacidad, ataque a instituciones del Estado, desapariciones, desplazamiento forzoso a causa de la pobreza, la inseguridad y una estrategia probada de fracasos, lo único que le queda a la oferta política es exacerbar la identidad.

En ese juego con retazos ajenos al delirio, es donde los ciudadanos transformados momentáneamente en mero electorado, establecemos, teóricamente, el punto de equilibrio para definir la expectativa política de nuestras sociedades.

Cuando ese espacio teórico falla, una afinidad de apariencia ideológica o partidista se transforma en pertenencia capaz de imponerse sobre cualquier otra condición. Es la ceguera voluntaria desde la cual se abandona la virtud democrática de tanta transparencia como sea necesaria y posible para que la ciudadanía confíe en sus gobiernos, se fomenta la desconfianza en instituciones, niegan responsabilidades en crisis de violencia y admite que un presidente responsabilice a unos jóvenes de su muerte.

En materias de Estado la fantasía tiene un límite ético que el espectáculo político mexicano ha desechado sin pudor. Ningún ejercicio retórico es capaz de ocultar por completo las tragedias, pero el enamoramiento por los discursos crece en este país conforme el desamparo rebasa los niveles de la costumbre. Todos sabemos que la batalla entre los pobladores de Texcaltitlán y sus extorsionadores se diluirá en el catálogo de violencias nacionales que sólo espera su siguiente evento.

La apuesta por la historia en términos políticos equivale a una mínima consciencia sobre el efecto futuro del presente.

Nuestro malentendido de la democracia ni siquiera busca acercarse a la reconciliación de la historia con la moral, desde la cual renegaríamos de la barbarie, se asumirían las obligaciones de la administración pública, llegaríamos al consenso de lo intolerable.

Con la vara tan baja, las campañas podrían dejar la indiferencia ante la normalidad del caos. Aunque sea por supervivencia o dignidad.


  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
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