Pensar Irán/ II

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La calma no es aparente, sino simbólica. Tras el ataque iraní a bases controladas por Estados Unidos en Irak, llegamos a un nuevo punto de indecencia en el que el mundo entero respiró tranquilo, cuando los primeros reportes daban cuenta de la ausencia de víctimas norteamericanas y sugerían unas cuantas iraquíes. La nueva calma da tranquilidad a todos, salvo a quienes viven en la región.

Ya nadie habla de los afganos refugiados en Irak, algunos de ellos menores de edad, a quienes Qasem Soleimani utilizó contra el Daesh.

La semana iraní, como cualquier otra crisis en el Medio Oriente, deja saldos que es cómodo ignorar. Las aproximaciones binarias forman la imposibilidad regional para resolver sus conflictos, porque ninguno de ellos es binario. El mundo entra en la lógica de lo desechable, hasta que sus reductos aparecen años mas tarde y hay que escarbar en la memoria para descubrir las demandas de cautela.

Cautela de Irán y de Estados Unidos, bajo la que se perpetúa lo deleznable.

En 1988, al fin de la guerra entre Irak e Irán, Estados Unidos derribó un avión iraní con cerca de 300 personas a bordo. Estados Unidos lo admitió como error casi 10 años después, en la Corte de Justicia Internacional. Las consecuencias naturales se perdieron en la rutina de la zona. Sin embargo, en Irán, no pocas veces se usó el derribo para alimentar la retórica a favor del ayatola y antiestadunidense que, en simultáneo, olvidaba las vidas convertidas en instrumento de martirio.

Elegimos las muertes que discutimos, privilegiamos unas si se ajustan a un discurso en específico. Desplazamos otras para que no estorben. Puede que suceda lo mismo con el nuevo avión que, ya se ha dicho, fue derribado en medio del punto más álgido de la semana. No importa que, entre las víctimas, se encuentren canadienses; tampoco lo hace, en términos reales, para Irán, la muerte de 82 de los suyos. Teherán cubrirá su responsabilidad con la investigación imposible de un sitio, limpio a punta de bulldozers. Incluso si esta semana no hubo víctimas en las bases de Erbil y Al Asad, más de 170 personas murieron.

Quizá, pasada la estridencia, podamos enfocarnos en la permanencia de lo disfuncional. No es solo Estados Unidos e Irán, es Irán y Siria, Siria y Rusia, Líbano e Israel, Irán e Irak.

Irak se vuele a convertir en el escenario de un conflicto que no toma en cuenta a los iraquíes o a sus vecinos. Es la cotidianidad tolerable por el mundo entero.

En la óptica simple, el elemento recurrente son las tropas estadunidenses. La necesidad binaria y la inmensa responsabilidad de Estados Unidos en los conflictos de la región lleva a su rechazo. Ojalá fuera tan sencillo. Es de exigir que la injerencia de Estados Unidos en la región rompa su tradición. De igual manera en el caso ruso. Desgraciadamente, reducirlo a ese punto abre distintos dilemas. Menos Estados Unidos en Irak obliga a Washington a pedir más Turquía en Siria —donde es imprescindible contener a Moscú—, mientras permite a Teherán mayor injerencia en Irak, que siempre termina perdiendo.

Es la lógica del conflicto discreto que opera en Medio Oriente y con la que se sienten tranquilos todos los actores. Simbólicamente. 


@_Maruan


  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
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