Se necesita un presidente satisfecho con la vaguedad de la ilusión, para no entender la alarmante metástasis de lo delincuencial en el país y negar la participación del gobierno como facilitador de la violencia. El rechazo a la realidad es una acción política, aunque en Palacio no se den cuenta.
Cuando los actores criminales se involucran con agentes estatales, se llama la acción de instituciones y las herramientas de la ley. Si existen, si funcionan, pero al menos en los planteamientos teóricos de cualquier Estado se espera contar con ellos. Hace tiempo sobrepasamos ese punto. Nos perdimos entre el desinterés, la sinrazón de una estrategia refrendada en tres administraciones y la ausencia de los mínimos instrumentos de justicia.
Si la capacidad del crimen penetra hasta convertirse en base social, cambian los códigos del Estado, incluso aquellos sujetos a vaivenes de tribus políticas, para dejar paso a los de una sociedad dependiente y víctima de las lógicas de mafias.
La reciente toma de vías en Chilpancingo por una protesta muy numerosa exige detenerse con cautela. Quedarse con la explicación de que su salida fue a razón de la amenaza por parte de un grupo criminal, tiene un dejo de simplificación que minimiza la gravedad. Bajo amenaza o no, lo criminal logró ya construir una base social amplia y consiguió secuestrar o anular la existencia de poblaciones completas.
Hay una diferencia gigantesca en creer encarnar la realidad y encararla. Ambos escenarios son administrables, pero sólo una posibilidad se ocupa de los hechos mientras la otra de lo metafísico. Chiapas, Guerrero, Tamaulipas o Jalisco, no son territorios que admiten fantasear en la regencia de lo no aceptado.
La insistencia por una carga histórica en el proyecto político del gobierno mexicano encuentra ahí su mayor aberración. No importa cuantas veces digan historia. Su negación a la realidad sólo, si acaso, refuerza los mitos a su alrededor mientras alimenta la fragilidad.
Al decantarse por lo falso, su negación a asumir la suerte trágica de quien renunció a analizar la realidad es la imposibilidad de su único interés: la trascendencia convertida en vacío retórico. El sustento de sus réplicas electorales.