Apuntes incómodos

Siria, la anormalidad

Maruan Soto Antaki

La vergüenza no solo ha estado en dejar de hablar de Siria, sino en hacerlo de todo lo demás como si Siria no estuviese. Ya es apropiado aludir a la cercanía de la década, como medida de tiempo para referirnos a una guerra que se juzgó desde la defensa de lo propio. Las pertenencias hicieron asépticos a los bárbaros que se oponían a los bárbaros con los que no se simpatizaba. Los civiles y quienes se defienden de la atrocidad quedaron fuera de filias.

Siria desapareció en la ligereza de la opinión, pero la opinión tomó proporciones tan obesas que la realidad apenas se alcanza a ver. Quienes perdimos familia y casa de Tartus a Alepo, pasando por Damasco, desarrollamos inmunidad a las afirmaciones que promulgaron demócrata a la dictadura, pureza en los bombardeos rusos —después del régimen las mayores causantes de víctimas—, sensatez y responsabilidad en los norteamericanos. Interés humano en los sauditas o legitimidad política para los iraníes y las milicias criminales que financian.

Fracasamos de nueva cuenta en la intención de habitar el proyecto civilizatorio donde la barbarie es asunto compartido. Parece que solo somos capaces de vernos en este mundo, ignorando al mundo.

Desde hace semanas, sobre Idlib, caen bombas del régimen y rusas. A punta de explosiones quieren recuperar el territorio rebelde. Es normal que ahí, al norte, Estados Unidos ataque a Hayat Tahrir al-Sham, la metamorfosis de Al-Qaeda. Rumores dan cuenta de la muerte de su líder, Abu Mohammad al-Julani. Solo que los civiles bajo los ataques y las bombas no son rumores. Son familias bajo escombros.

Se hizo normal que en Khan Sheikoun, muy cerca, un centenar murió por armas químicas en 2017.

Es normal que banderas chiís ondeen fuera del campamento para refugiados de Handarat, próximo a Alepo. Es normal que no permitan sunís.

Hoy, a las escuelas atienden más mujeres porque demasiados hombres han muerto en la guerra. En las ciudades recuperadas por Damasco, los desplazados temen volver por el riesgo a ser señalados de oposición al gobierno. Temen ser implicados con Daesh o Al-Qaeda.

En Palmira, las casas vacías en la ciudad moderna fueron ocupadas por iraníes o rusos. Se les dijo a los habitantes originales que pueden salir de los campamentos y recuperar sus camas. En el camino arrestaron a cuantos se vieron con sospecha. Con el resto se quiere hablar de normalidad.

A Hama y a Madaya vuelven quienes conservaron conexión con el aparato del régimen. Ocurre algo similar en una fábrica de jabones que festeja su reapertura en Alepo. No falta quien aplaude a la distancia, ignorando que, como ocurrió con la mezquita de Homs, la fábrica se reconstruyó con dinero checheno tras el aval de Moscú.

Es normal que se celebré una Feria de Comercio y acuda la delegación emiratí para hacer negocios con Assad. Que Arabia Saudita intervenga en Deir Azzor para impedir el avance de Irán o lo que queda del Daesh.

¿Qué comodidad ve paz en esa anormalidad que un día fue país?

Hablar de una ofensa a la humanidad es imposible cuando el pensamiento ve virtud en su mirada provinciana. Siria asimila la miseria y la ansiedad como camino a su normalidad, mientras el resto del planeta acepta renunciar a la consciencia. 


@_Maruan


OPINIONES MÁS VISTAS