Julieta Venegas y las focas

Ciudad de México /
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Es curioso el hecho de que dos figuras de la música pop de distintas generaciones y latitudes tengan en común el gusto por la lectura y el afán de promoverla. Una es la británica Dua Lipa (Londres, 1995, de origen albanés y kosovar); y la otra la mexicana Julieta Venegas (Long Beach, 1970). La primera tiene un club del libro (Service95 Book Club) con recomendaciones mensuales, y ha abierto incluso un espacio físico en la ciudad de Oporto (en Portugal), la Biblioteca Manifiesto, que resguarda títulos que han sufrido la censura; y la segunda está muy activa en la plataforma Goodreads, en donde suma mil 378 reseñas. Venegas da ahora el salto de la lectura a la escritura, con la publicación de su primer libro: Norteña: memorias del comienzo (2026).

Norteña: memorias del comienzo. Julieta Venegas. Almadía, México, 2026.


No la sigo en lo musical, mas entiendo que se trata de un proyecto doble, ya que este título acompaña un disco homónimo, al menos en lo de Norteña (sin el complemento), que ella describe como un trabajo de memoria musical y un homenaje a su familia. Sin escucharla, por ahora, veamos en qué consiste la apuesta literaria, y si ésta vale por sí misma.

El lector debe trasladarse a Tijuana y a la línea (o la frontera), que es el espacio geográfico múltiple en que creció Julieta Venegas. Describía Federico Campbell a los tijuanenses como seres anfibios, como focas, que vivían entre el mar y la tierra, entre un sitio y el otro, y aseguraba que esa condición los definía. Lo fronterizo conlleva diversas problemáticas. Al asomarse a sus raíces, Venegas se ubica en esas circunstancias de territorio e identidad. Dice: “Crecer en Tijuana es hacerlo en dos lugares a la vez”. Además: “Tijuana es vertiginosa, sus cambios y movimientos nunca se detienen, ha vivido en metamorfosis desde que tengo memoria. Un barrio que apareció de repente, los restaurantes, la ciudad creciendo en todas las direcciones. Pero algo queda de eso que fuimos tanto ella como yo. Algo queda”.

Como en el minicuento del dinosaurio, Tijuana siempre está ahí. “Me fui muy chica de la frontera”, afirma, “pero siento que la llevé conmigo. Sin darme cuenta siempre he cargado una línea invisible que me divide. Una cicatriz latente que no desaparece, no sólo es una marca, sino un dolor”.

Hay un capítulo sobre su encuentro con el piano, a la edad de ocho años, en el que adquiere importancia su maestra Margarita, quien la recibía siempre con agua de melón y una sonrisa. Hay otro sobre el acordeón, claro. Los padres están ahí, en un caso con ciertas rigideces (“Él era estricto con los cuerpos”), y en el otro con fuertes apegos sentimentales que devienen en herencias. Señala que a su madre “el canto la acompaña y la rodea como un aroma en su vida cotidiana”; y de algún modo el ser musical de Julieta Venegas parece fincado en esa identificación.

Al empezar a definir su camino decide trasladarse a la Ciudad de México. Cuando las cosas no salían del todo bien, duda. Y la madre la conmina: “No vuelvas, mi amor. No me puedo imaginar lo difícil que está siendo para ti, pero tuviste los pantalones para irte y es lo mejor que pudiste hacer. Yo soñaba con ser cantante, pero nunca me animé a hacer nada al respecto, y no sabes el orgullo que me da ver cómo mi hija va tras lo que desea”.

Es así como se construyen estas memorias del comienzo. Hay un afán de sinceridad y honestidad, una búsqueda personal que indaga críticamente en las raíces de la propia biografía, y esto le da frescura al libro. La escritura es tersa. Quizá las experiencias de Venegas como escritora de canciones le proporcionaron un buen manejo de la pluma; y su constancia lectora también se percibe. Admira a Rosario Castellanos y Elena Garro… Hay una canción en su primer disco, “Andamos huyendo”, que viene claramente de esta última autora.

Norteña, el libro, vale por sí mismo, sin depender en principio de las fotos ni del álbum o los conciertos. Es decir, los no seguidores de la cantante pueden acudir a él y apreciar esa trayectoria. Luego de haber armado un gran alboroto en la farándula vuelve sobre sí misma, “aprende de sus pasos”, como diría ella, y se cuenta los comienzos. Esto activa un mecanismo creativo con el que compone nuevas canciones, las cuales serán valoradas y puestas en perspectiva. Sólo puede decirse aquí que no escribe mal, y ojalá lo siga haciendo.


  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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