La piel del leopardo

Ciudad de México /
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A partir de una conferencia que impartió Gabriel Bernal Granados (Ciudad de México, 1973) en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid sobre Leonardo da Vinci y el neoplatonismo florentino del siglo XV, de nueva cuenta el escritor volvió a caer hechizado por este pintor del Renacimiento. Ahora su mirada se centró en la presencia de San Juan en la obra de Leonardo y dio por resultado un libro de ensayos dividido en tres partes: El símbolo del agua en el primer Leonardo, La piel del leopardo y El ciervo sagrado.

El ciervo sagrado. San Juan en la pintura de Leonardo. Gabriel Bernal Granados. Vola. España, 2025.


Esta vez Bernal Granados encarna a un ensayista que recuerda a los personajes de la literatura policiaca —Duphin (Poe), Holmes (Conan Doyle), Poirot (Christie)— engolosinado, como un sibarita irredento, escudriñando las pinceladas de Leonardo en medio de claroscuros. La luz no sólo es una virtud sino también un espacio de contrastes que el escritor, con paciencia, repasa para sumar distintas coordinadas al estudio renacentista. Hubiera sido más sencillo abordar la obra de un artista contemporáneo menos revisitado, pero al autor le agradan los retos. Si practicara la natación ya estaría pensando en completar el recorrido de los siete mares, o las siete cumbres si fuera alpinista. Tengo la impresión de que la sencillez le aburre; y gracias a esa persistencia al conciliar dos artes: la filosofía en la obra Da Vinci, obtiene esa motivación que lo hace emprender este recorrido.

Esta nueva expedición sobre Leonardo me parece más interesante que su anterior incursión, acaso más atractiva. Plantea un acercamiento valioso. Nada en un mar de ideas: filosofía, arte, literatura, historia, religión y emerge con una serie de pesquisas, argumentos, demostraciones. Platón a la luz de las ideas para reconfortar el alma, esa que dejará al cuerpo y recibirá con los brazos abiertos, en calma, a la muerte. Sócrates y la cicuta, con una paz que supo imitar de los gatos cuando duermen. (Esto de los felinos es mis macetas en la ventana, no viene en Bernal Granados ni en el Fedón). Se menciona el Timeo, otro de los libros de Platón, que habla de una ciudad que se perdió en las aguas del Atlántico, la famosa Atlantis; importa porque se aborda la posibilidad de que esa urbe resurgiera como anota el ensayista: “El eterno retorno de lo mismo y la inmortalidad del alma reverberan en este relato que forma parte preliminar de la reflexión metafísica de Timeo sobre la formación del mundo visible y la unión del cuerpo con el alma a partir de la fusión de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego.”

Leonardo concibe a la figura de San Juan en medio de estas ideas neoplatónicas. La palabra correcta es emerge. Porque el agua es un símbolo esencial en la pintura, fluye, bautiza, renace, abre camino a la cristiandad. En ese sentido, la presencia de San Juan es lo más terrenal y parecido a los seres humanos. Ni Jesús antes o después de la resurrección fue tan cercano a esta idea del hombre. Aquí se dice que el San Juan Bautista de Leonardo, elaborado entre 1513 y 1516 probablemente, es la representación “masculina” de la Gioconda. Y añado comillas porque se habla de lo andrógino en el cuadro. Si la Mona Lisa es lo masculino en lo femenino, el San Juan es la inversa. “El ser andrógino primordial que reúne en sí mismo las potencias de lo femenino (la noche) y lo masculino (el día)”. Esta visión de géneros llama la atención; Leonardo, bajo el influjo del neoplatonismo, es un adelantado a su tiempo por esta y otras afinidades. El yin y el yang, los contrastes que se atraen y, a la vez, se complementan. Luz y oscuridad.

A los veinte años, Leonardo fue alumno de Verrochio, quien lo seleccionó para que lo ayudara en el lienzo el Bautismo de Cristo. El pintor florentino se encargó de realizar al par de niños-ángeles que se encuentran en una de las orillas. Se nota desde ahí la maestría del trazo, los detalles en la ropa, los pliegues, la luz, el efecto del agua debajo del peldaño. “El agua como principio generador del todo”, identifica Gabriel Bernal.

En el San Juan Bautista, Leonardo ubica al religioso con una piel de leopardo y el dedo índice apuntando hacia arriba. Estas características impulsan a que el ensayista reciba al lector con una cascada de conocimiento. “La sombra, de donde emerge el cuerpo de Juan, podría estar asociada con el sueño, mientras que la luminosidad de su cuerpo y la manera en que ésta se coordina de una forma armoniosa y misteriosa con la sonrisa y el brillo de los ojos podría entonces estar asociada con el estado de conciencia de quien está despierto”. El consciente y el inconsciente, antes de Freud.

“El cuerpo semidesnudo de Juan nace de la oscuridad la noche, como el sol nace con la aurora. Es la primera y la última percepción de las cosas visibles, porque así como el sol nace de la caverna oscura de la noche al despuntar el alba, así mismo muere con el crepúsculo, antes de sumergirse una vez más en la profundidad de la noche”, y añade el autor de forma medular: “Aunque Leonardo repudiara las palabras, poniendo la visión por encima de la ejecución ilusoria del discurso, se nutre de ellas y sus cuadros inevitablemente se refieren a ellas y encuentran parte de su explicación en los libros. No sabemos cómo estaba conformada la biblioteca itinerante de Leonardo, pero sabemos que tuvo que haber alguna, en Florencia primero y en Milán después, antes de su exilio definitivo en Amboise”.

Bernal Granados, convertido en alpinista, escalando cada vez más peldaños para extraer la esencia de Leonardo, remite a una fusión de ideas que armonizan lo antiguo con lo moderno, la renovación del espíritu y la mente. Mientras que él acentúa las aportaciones del pintor renacentista, contemplo de la misma forma lo que en su momento hizo Marguerite Yourcenar en Opus nigrum (1968). Leo sobre Da Vinci y es como si Bernal Granados contara la vida de Zenon: un hombre, adelantado a su tiempo, decide volver a Platón y abrazar su filosofía en cada uno de sus pasos, cuyo centro gravitacional es la lucidez y la revelación. La propia Yourcenar dijo que los Cuadernos de Leonardo la inspiraron para tomar parte de esas investigaciones científicas relacionadas con el corazón, ejecutadas por su protagonista. Si bien, Yourcenar acoge esta espléndida novela a la manera de varios artistas gráficos como Durero, el Greco y Rembrandt, es reconfortante leer esta reflexión bajo el influjo de Leonardo.


  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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