En la época que vivimos resulta pertinente detenernos a pensar cómo hemos evolucionado como sociedad y hacia dónde nos dirigimos. Creemos que tenemos mayor libertad, acceso a información y, en realidad, miramos desde una perspectiva restringida lo que queremos ver. Porque, como dice el filósofo Byung-Chul Han (Seúl, 1959), el algoritmo nos divide en trincheras digitales. Y, precisamente, desde esos espacios virtuales se torna necesario reflexionar sobre la forma en que accedemos a la información.
Como bien apunta, “la visibilidad se establece ahora de una manera completamente diferente: no a través del aislamiento, sino de la creación de redes. La tecnología de la información digital hace de la comunicación un medio de vigilancia. El teléfono móvil como instrumento de vigilancia y sometimiento explota la libertad y la comunicación”. ¿Cuántas veces nos ha sucedido que, sin buscar un asunto determinado, sólo con comentarlo, empiezan a aparecer en nuestro celular una serie de referencias y publicidad relacionadas con ese tema? ¿Acaso perdemos de vista que estamos envueltos en una vorágine informativa y que cada vez es más complicado tanto salir como comprobar si lo encontrado es verdad o se trata de una alteración?
El ensayo se estructura en cinco capítulos: 1) El régimen de la comunicación, 2) Infocracia, 3) El fin de la acción comunicativa, 4) Racionalidad digital y 5) La crisis de la verdad. El propósito del libro es exhibir la transformación del espacio público a través de la globalización que impone la digitalización de los medios, metamorfosis que ha impactado en el ejercicio político de un modo profundo y que pone en riesgo a la democracia. Y si provoca todo eso, quizá también sitúa al filo de la navaja a nuestra libertad.
Preguntar, poner en tela de juicio lo que nos llega, sería un protocolo mínimo ante la serie de situaciones incomprensibles que desata el desbordamiento de la información. Antes se practicaba la ética en el periodismo en los medios de comunicación, y había cierto grado de credibilidad que fortalecía nuestra confianza como receptores del mensaje. Ahora todos creen tener la razón y desean, como una necesidad imperante, alzarse en el pódium de la verdad. Los influencers son los filósofos de la mediocridad, los soldados del engaño y las apariencias. Los elegidos para hacer lo que se les antoje con sus seguidores, incluso caer en humillaciones hacia ellos; no obstante, quienes los alzaron con millones de likes serán los mismos que los arrojen al basurero del olvido hasta que venga otro ídolo del instante y exponga que puede dominar al rebaño.
Para el ensayista, cada persona se ha convertido en una isla: la gente camina por la misma calle, pero vive en mundos diferentes, son como fantasmas que se atraviesan sin tocarse, sin reconocerse, sin la posibilidad de crear un encuentro real. La comunicación se astilla porque ya no compartimos un lenguaje en común, el lenguaje de los hechos. Hoy tenemos una masa de individuos conectados a las redes sociales, a la IA; sin embargo, más solos que nunca.
Desde su punto de vista, la crisis de la verdad no sólo remite a extraviar los lazos que nos unen como sociedad. Vivimos aislados, como en la pandemia; sin embargo, ya no hay un virus letal que nos amenace, sino una serie de mecanismos que derivan en varios puntos en común: la simulación de la libertad, la desinformación.
Desperdiciamos demasiado tiempo frente a nuestro teléfono celular, sentimos que nos empapamos de información cuando en realidad no hemos visto nada a profundidad y hay un exceso de falsedades. Porque, ¿cuántos de esos videos que vemos no son generados desde la IA y otros tantos son una serie de referencias que en realidad nunca ocurrieron?
Tenemos otra epidemia: todos creen conocer la verdad. En un mundo que nos orilla a opinar hasta de lo que no sabemos, una fuerza de rebelión sería dejar de emitir esos juicios, mantener el silencio, apoderarnos del lenguaje y reconocer esos falsos expertos. Y es que, desde la perspectiva de Byung-Chul Han, otro síntoma en la sociedad de la información es el nuevo nihilismo; es decir, no creer que la vida tiene un significado o valor. Ese “nuevo nihilismo” socava la diferencia entre verdad y mentira. “Las noticias falsas no son mentiras. Atacan la propia facticidad. Desfactifican la realidad. Cuando Donald Trump afirma sin tapujos cualquier cosa que le convenga, no es el clásico mentiroso que tergiversa de manera deliberada las cosas. Más bien es indiferente a la verdad de los hechos. Quien es ciego ante los hechos y la realidad es un peligro mayor para la verdad que el mentiroso”.
La misión de ensayista es desentrañar y aportar ideas sustentadas a partir de la visión de grandes filósofos de la historia (Foucault, Arendt, Benjamin, Habermas, Postman, Luhmann, Rousseau, por mencionar algunos) y examinar la realidad digital que vemos diariamente. Lo principal en este análisis es cómo la desinformación, que ya es parte de la vida cotidiana, se convierte en un efecto antidemocrático que termina por distorsionar la realidad. Eso el filósofo coreano lo relaciona con los cambios que se han vivido en el mundo de lo digital y lo llama Infocracia. Y, en cierto sentido, nos invita a que seamos más conscientes de nuestras decisiones, votos y elecciones, porque somos presa de una manipulación electrónica que nos desgasta, asila, nulifica y, quizá lo peor, nos hace sentir que somos libres y que nunca hemos estado mejor informados cuando la realidad es otra.