Columna de Mary Carmen Sánchez Ambriz

Estación Da Vinci

Mary Carmen Sánchez Ambriz

m{1464462}

El nombre de Gabriel Bernal Granados (Ciudad de México, 1973) regresa a la mesa de novedades ahora con un ensayo sobre Leonardo Da Vinci y su particular manera de concebir el mundo. Como en otros de sus libros, asume una actitud entusiasta y un espíritu que pretende abarcar todo —en la medida de lo posible—, como si el conocimiento fuera algo tangible que pudiéramos tocar y tenerlo entre nuestras manos y, en ese caso, fuera sólido como la madera, multifacético como los rostros de seres humanos con deformidades que llamaron la atención de Da Vinci y recubierto de neoplatonismo, corriente que guiaba los trazos del artista. El regreso de los dioses paganos se publicó primero en España y en menos de dos meses se agotó la primera edición. Ahora circula la edición mexicana.

El escritor disfruta de sumergirse en temas relacionados con la filosofía, la literatura y el arte, principalmente. Ejecuta brazadas en aguas abiertas, en mares inconmensurables que lo hacen descender a profundidades alejadas del presente, a los siglos XV y XVI, en Florencia, donde Da Vinci apostó por su percepción cosmogónica que incluía no sólo arte, sino también matemáticas, arquitectura, óptica, mecánica, geología y botánica. Leonardo Da Vinci quería propiciar un encuentro armónico con funciones y leyes compatibles para las áreas que eran de su interés y que, finalmente, su trabajo sirviera para poder mirar a la naturaleza como una unidad. ¿Acaso eso mismo pretende el escritor en esas dieciséis estaciones, ensayos, que integran una visión unitaria de la obra gráfica de Leonardo?

Leer este acercamiento a Da Vinci resulta una invitación a conocer la sala virtual de un museo o galería italiana y contemplar las obras que al ensayista le provocan entrecruzamientos, círculos concéntricos, paseos, digresiones. Al inicio del libro se halla una separata gráfica que muestra cada uno de los lienzos a los que se hacen referencia. Imagino a Bernal Granados convertido en una especie de cirujano que sobre la mesa de operaciones elabora un meticuloso análisis narrativo de cada elemento gráfico. “Las impresiones más íntimas de su pensamiento, Leonardo las reservaba a la imagen. Estos dibujos son las auténticas anotaciones —revelaciones— que debemos buscar en las páginas de sus cuadernos. Sus anotaciones —realizadas de derecha a izquierda, siguiendo un orden especular que causaría sensación en escritores como Paul Valéry, quien procuró escribir a lo largo de su vida frente a un espejo— funcionan en realidad como escolios, un acompañamiento que organiza y vuelve aún más incisivo el carácter de la imagen”. (p. 47)

A propósito de Valéry, aquí se reconoce su aportación en Introducción al método de Leonardo da Vinci. Es probable que el lenguaje valeriano más aterrizado en México habite en José Gorostiza y su depuración de la palabra, estrategia que utilizó para acercarse a la esencia de las cosas. Como refiere Carlos Valdés —sobre “Muerte sin fin”—, “es el poema filosófico que resume preocupaciones vitales del poeta a partir de la imagen del agua contenida en un vaso: Dios, el hombre, el universo, la sustancia y la forma poética”. Por su parte, Da Vinci también va en busca de la esencia de los elementos, de la naturaleza.

La mujer y el cisne es una más de las dualidades frecuentadas por el artista gráfico —señala Bernal Granados— que se contraponen y se mezclan hasta volverse indistinguibles, como por ejemplo el deseo y el recato, el hombre y los dioses, lo humano y lo natural. Una pesadilla infantil relacionada con un ave germina años más tarde en Leda y el cisne (1505-1510), obra que el ensayista desmenuza con suma habilidad.

Mario Lucertini, investigador y académico italiano, comenta que nunca ha habido otro hombre que supiera tanto como Leonardo, no tanto de pintura, escultura y arquitectura, sino de filosofía. Para Bernal Granados “la mente de Leonardo se parecía a la de Pico della Mirandola. Tomaba de cada cosa lo que cada cosa tenía que ofrecer, en cuanto a verdadera en sí misma, y con ello crearía un ensamblaje supremo, equivalente al mecanismo que explicaría el funcionamiento de lo natural. Sin embargo, más allá de lo natural se encontraba lo que verdaderamente importaba: el logos, una mezcla de tiniebla y luminosidad metafísica que copia la retórica con la cual los dioses se manifiestan”. (p.169)

¿Qué es lo más disfrutable de este paseo por la gráfica de Leonardo? La forma en que el escritor, todavía en el quirófano, exhibe coincidencias con la literatura y la filosofía: son los hilos de un tapiz que termina entrelazado. Sus apreciaciones a los lienzos serían otra reflexión más sobre este genio del Renacimiento, si no fuera por la manera que tiene de transversalizar su lectura y convocar a otras voces. Me parece aventurado pensar que si Da Vinci hubiera vivido en el siglo XXI, estaría dedicado a hacer instalaciones o efectos especiales cinematográficos; es en lo único en que no coincido con Bernal Granados.

Mary Carmen Sánchez Ambriz

@AmbrizEmece

OPINIONES MÁS VISTAS