Leer a Han Kang (Gwangiu, Corea del Sur, 1970) remite a ser testigos de retos. No pierde de vista su objetivo y tampoco sustituye temas para conseguir lectores. La propuesta de Kang no es complaciente, va por una línea experimental que resulta ser una poética armónica en sus letras. Su visión privilegia lo marginal, aquello que a los ojos de los demás pasa desapercibido; sin embargo, ella insiste en lo que debemos detenernos a mirar y entonces elabora una invitación desde su prosa.
Ya se cumplió un año desde que le dieron el Premio Nobel de Literatura 2024, y arrancó lo que pudiera definirse como el Fenómeno Han Kang. Lo interesante en su escritura es la manera que encuentra para abordar el dolor, las emociones, las vidas paralelas, la denuncia contra la violencia y los fantasmas de una dictadura. En una sociedad rota como la nuestra —y no sólo me refiero a México— pocos se atreven a contar las heridas de guerra que se han padecido. Y con heridas me refiero desde violencia física hasta usos y costumbres que aniquilan, lentamente, la integridad de los descendientes de un clan.
Blanco es un libro que no representaba ninguna pérdida para la editorial. La firma de la escritora auguraba las ventas. No obstante, se pudieron haber tomado mejores decisiones en favor de la edición: las fotografías del acto performático tienen una mala calidad, y el libro necesita un prólogo: un texto que relacione el color blanco con el luto en la cultura coreana, además de otros elementos. Aun así, el libro es atractivo para seguir de cerca la literatura de Kang.
Cada título suyo puede definirse como un desafío. Si en La vegetariana aborda un relato sobre la violencia contra una mujer, partiendo de las voces de otros menos de su protagonista, y con la arriesgada decisión de que el primer monólogo sea del antihéroe de la historia, en Blanco presenta un libro, de nueva cuenta, fuera de parámetros convencionales. Es prosa, cercana al ensayo y, por instantes, a la poesía. Blanco no es una novela, aunque la editorial la incluya en una colección propia de ese género y sólo se atreva a anotar que es un “libro inclasificable”. (Lo “inclasificable” se publica porque obtuvo el Nobel, de lo contrario sólo estaría la edición coreana de 2018.)
¿Qué es Blanco y por qué es un título valioso para los seguidores de Han Kang? En Corea el color blanco simboliza el luto. La escritora indica que su madre perdió a una hija prematura de siete meses. En un invierno crudo, se quedó sola y ahí fue cuando comenzó su labor de parto. La pequeña sobrevivió dos horas y apenas alcanzó a ver a su madre. Esa hermana mayor recibe el nombre de onni, en coreano. El libro es un homenaje a su onni y a la serie de elementos —de la naturaleza y objetos— que son de color blanco y hacen que la remembranza de la escritora se dispare. ¿Cómo mitigar el dolor, la soledad, la culpa? ¿Por qué la segunda hija del matrimonio sí sobrevivió y no tuvo problema al hacer? ¿Se puede extrañar a una hermana que no conoció? ¿Por qué el libro parte de un acto performático?
Según se explica en una apostilla a la edición, la escritora en el verano de 2015 adquirió un cuaderno y empezó a trazar escenas de un sueño. Se sintió bien al poder comunicarse sin palabras, con silencios. Decidió que ella podría representar esas imágenes, y por eso se incluyen las fotografías de lo que nombró “un tiempo sin lenguaje, ubicado entre las palabras y el silencio, en algún lugar de sus bordes”. Y así comenzó Blanco. Está dividido en tres secciones: Yo, Ella y Todo lo blanco. En realidad, las fronteras de estos espacios se desdibujan, esto hace que se empalmen.
El color blanco del arroz, la luna, la leche, las velas, la manta, la nieve, las olas del mar, las pastillas, la arena, el foco, los huesos, el espíritu, la mariposa blanca, las canas, las nubes, la risa blanca, la vía láctea, la neblina, el silencio y la mortaja, son algunos elementos que la motivan a cavilar sobre el luto. Hay mucho de simbolismo en estas páginas que, sin una guía sobre tradiciones en la cultura coreana, es un tanto complicado de asimilar. Por ejemplo, el fallecimiento de un bebé prematuro o un niño pequeño se considera un evento muy doloroso. La mariposa es una insignia que se asocia con esa muerte infantil, ya que se cree que el espíritu del niño se convierte en una mariposa y vuela hasta el cielo. También la luna representa la vida y la muerte, una dualidad; en ese sentido, el descenso de un infante, a través de la luna, simboliza plenitud y perfección. Se cree que el espíritu de ese menor fallecido puede reencarnar en otro ser vivo y, de igual forma, tiene la facultad de proteger a la familia y a sus seres queridos.
Por otra parte, está la risa blanca; es cuando “una persona se esfuerza en sonreír mientras sufre en silencio”. Esa condición de duelo, en aras de la apariencia, se ve reflejada en distintos momentos de la prosa de la narradora.
La escritura de Han Kang en este recorrido por el desasosiego recuerda a tres grandes autores de las letras mexicanas. Octavio Paz por su poema “Blanco”; Josefina Vicens en lo pudiera ser un acto performático de la escritura en El libro vacío, y a Esther Seligson en los distintos géneros que aborda para explicarse, asimilar y poder sobrellevar la ausencia de su hijo.
Llama la atención una línea introductoria en Blanco. Han Kang dice que el proceso de escritura le trajo un cambio. En una ocasión, un profesor de literatura le dijo a Vivian Gornick que “la buena escritura se caracteriza por dos cosas: está viva sobre la página y el lector está convencido de que el autor se halla en plena travesía del descubrimiento”. Esto lo describe la escritora estadunidense en La situación y la historia. En Blanco, precisamente, el lector es testigo de esa revelación.
“Cuando me muevo entre los transeúntes como si fuera una isla andante, tengo la impresión de que mi cuerpo es una cárcel. Como una cámara sellada que aísla y contiene los recuerdos de todas las experiencias que he vivido, junto con mi lengua materna, que es inseparable de ellos”, escribe Han Kang.
¿Cuál es el inconveniente en una prosa como Blanco y los poemas de Han Kang? Habrá lectores que no siempre puedan sentirse conectados con lo descrito. Y eso se debe a la traducción del coreano al castellano, debido a las diferencias culturales y lingüísticas de ambos idiomas. Angelina Espejel Trujillo, escritora, ilustradora y traductora del japonés, ha mencionado estas complicaciones que se presentan. El coreano y el japonés comparten similitudes gramaticales clave y, en ese sentido, la complejidad de pasar del coreano al castellano es todo un reto. Cuando leemos los relatos, monólogos o novelas de Han Kang no ocurre esto, porque los traductores no están limitados con el lenguaje, como es el caso de la prosa y la poesía. Porque lo que puede ser poesía en coreano, en castellano corre el riesgo de ser una frase simple; aunque eso no significa que carezca de simbolismo.
Pese a la limitación que se tiene, la aportación de Han Kang no deja de ser interesante. Primero, porque engloba muchas de sus obsesiones que ya ha vertido en otros libros; y segundo, porque diseña metáforas a partir del dolor.
Un viaje a Varsovia es lo que detona los instantes de sufrimiento, pérdida y soledad. El fantasma de la Segunda Guerra Mundial hace que la escritora emprenda una introspección hacia lo que por años ignoró, pero que ya es complicado pasar por alto: el luto tras haber perdido a una hermana mayor.
Han Kang escribe desde la certeza de que somos fragmentos, esencias de la naturaleza, trozos de historias, terrones de azúcar o fríos copos de nieve que sepultan nuestras penas.