Narrativa realmente existente

Ciudad de México /
Gueorgui Gospodínov, ‘Física de la tristeza’, Fulgencio Pimentel, España, 2020, 384 pp. (Especial)

Hay un algo en las dicciones más sentidas de quienes vivieron la experiencia socialista realmente existente —término acuñado por Rudolf Bahro para acompañar la alternativa posible desde la RDA, en la década de los 70— mezcla de estaciones fracasadas y afortunadas. Un algo que estremece al más templado, y que encuentra en la narrativa el mecanismo ideal para contar las historias personal y colectiva.

Historias de unos años idos —imbricados y juveniles— puestos en escena por Gueorgui Gospodínov (Bulgaria, 1968) en Física de la tristeza. Una novela fragmentaria, también suceso editorial durante un lustro en su versión original, que si algo consigue de sobra es recrear aquellos años desde el ejercicio de la memoria.

Narrativa realmente existente.

No suele el lector hispanoamericano estar bien dotado de la más reciente producción literaria búlgara. Ni polaca, ni rumana, ni checa. De modo que Física de la tristeza funciona como un doble descubrimiento —si bien los antecedentes del tipo Kundera sigan vigentes— de contemporaneidad y estructura novedosa.

Es esta obra una vuelta a la niñez del propio Gospodínov —“empecé a los nueve años, con el lápiz indeleble de mi abuelo en la vieja libreta de soldado que él hacía mucho que ya no usaba”— y de ahí a la peculiar recepción de los mitos y leyendas más lejanos. Como cuando en la novela releemos la historia del Minotauro. Bienvenido el atrevimiento. Ahora entidad de rareza de la que “nadie se compadece”.

La lectura avanza y los triunfos del socialismo se festean en la plaza —la guerra fría no termina de calentarse— y un narrador se apersona para recordarnos la importancia histórica y personal de un año. El 81. Aquel en el que aparece el sida, atentan contra el papa y muere Brézhnev. “El inicio de un fin”, define el autor, lo sabremos después. “¿Quién nos iba a proteger ahora?”.

La Historia acumulará más muertes. Chernenko, Andrópov, Chernóbil… “Los secretarios generales se morían a razón de uno por año, dos años a lo más, como en una epidemia”. En tanto autor y compañeros de clase—unos jovencitos que comienzan a descubrir el mundo, lo mismo en oriente que occidente— cobren conciencia de que “los de la fila de atrás, jugábamos a dispararnos granos de arroz con el canuto de los bolis. Repetida, la muerte ya no nos impresionaba tanto”.

Otra vez en anclada en la década de los 80, la narración le recordará al lector —siempre desde la intimidad virginal de un pequeño— la personificación del Apocalipsis. “Jimmy Carter, con su piñata, con su sombrero de cowboy, montado a lomos de un misil Pershing, agazapado y armado hasta los dientes”. Habrá que aprender a ponerse las máscaras antigás en un tiempo récord, la explosión nuclear está a la vuelta de la esquina.

¿Física de la tristeza? —¿tristeza, si leemos a Gospodínov, “nunca he sido más feliz, nunca me he sentido más completo que en aquel minuto sentado sobre la losa caliente a finales de mi sexto verano”?—. Sí, una tristeza que tiene olor y color. Tristeza: “una especie de gas camaleónico que cambia todos los colores y olores del mundo, y a la que también todos los colores y olores pueden activar con facilidad”.

En traducción de María Vútova y Andrés Barba, Física de la tristeza (una obra absolutamente nueva, la caracteriza Alberto Manguel) nos habla de las cosas pequeñas en un mundo inmenso. De ese Gospodínov niño —“aprendí las letras en el cementerio de aquella ciudad que se consumía bajo el sol”— que sabe que “Dios es un insecto que nos observa”.

Puesto que “solo las cosas pequeñas pueden estar en todas partes”

  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS