Retrato de época: Ligia Urroz

Ciudad de México /
Ligia Urroz, Por mi gran culpa, Hachette, México, 2026, 296 pp.

Ahora pasaría por impensable, pero todavía, hacia finales del siglo diecinueve, cuestiones como la debilidad física eran consideradas como parte del canon de la belleza femenina.

“La enfermedad de los cuerpos frágiles”, describe la narración omnisciente de la nueva novela de Ligia Urroz (1968), Por mi gran culpa, “era asumida casi con normalidad: los rostros grises y macilentos eran el retrato de la época”.

Para fortuna de todos, de todas, nunca mejor subrayado, esto ha quedado atrás; no obstante, la consonancia entre los géneros dista mucho de una cabal igualdad y, creo, mucho de ello podría considerarse tras la lectura de Por mi gran culpa.

Que es, habrá que subrayar, una novela.

Una novela de época, incluso.

Algo que supone el tratamiento libre e imaginativo, y una profunda tarea anterior de investigación y documentación.

Ubicado su arranque en el 1870 de la ciudad de Galicia, España, la novela avanza apenas unos cuantos meses en el tiempo, pero recrea de manera verosímil diferentes escenarios.

Donde el viaje, una de esas lentas travesías marítimas que para entonces se realizaban entre Europa y América, resulta otra gran oportunidad para el despliegue de personajes y voces y, quizá lo más substancial, para transmitirle a los y las lectoras las pulsiones más íntimas de los primeros.

Primeras, adecuadamente dicho, porque Por mi gran culpa es una novela de mujeres.

Serán ellas, dos hermanas y una especie de tutora de las mismas, quienes sostengan todo el entramado novelístico de la autora, antes sabedora de la realidad que para entonces vivían las mujeres.

En años en los que la esclavitud todavía era legal, cualquiera puede imaginarse el tamaño de las afrentas que tenían que enfrentar las mujeres.

Josefa y Dolores, apretaremos la historia para no adelantar ninguna sorpresa, son dos jóvenes de la burguesía gallega. La primera será violentada sexualmente por el obispo de la localidad, obligando a la familia a mandarla al otro lado del mundo para encubrir, hipócritamente, la ofensa. “En ocasiones Dios no tiene ojos para todos”.

A bordo de El Zarabanda, las jóvenes conocerán a Doña María Luisa, cómplice primero, soporte después, y quien les facilitará la nueva vida ya en Managua, Nicaragua, destino final de las tres.

En narración paralela, sabremos del desarrollo de la infamia, “siglos de educación católica habían despejado el camino de la obediencia”, así como el itinerario de las mujeres. Islas Canarias, Santiago de Cuba, Managua, donde “el inmenso mar es un lago”.

Ya en tierra firme, “el color volvió a llenarles las pupilas”, trama y relaciones se enriquecerán incorporando una nueva presencia, la de Rodrigo, joven torerillo al que habían conocido durante el periplo, “tránsito oscuro hacia la mañana, donde la luz equivalía a la calma que sucede tras la tempestad”.

Algo más sabremos del resto de los personajes, de los que permanecieron en la península española, padre, madre y otra hermana de Josefa y Dolores.

También del agresor, un verdadero monstruo amparado por los poderes religiosos y civiles en turno, quien “violaba a sus esposas, luego las despachaba a la habitación de cada una y él permanecía orando frente a las imágenes”.

Nicaragüense-mexicana, Ligia Urroz (¡nunca se pierdan sus columnas quincenales Desde el volcán en este querido Milenio!) es también autora de cuento y una primera novela, Somoza, donde la autora “hace las paces con su pasado”, ciertamente el más cercano. “No hay nada más desolador a los once años que ver a tu madre llorar y sumirse en el mar de la nostalgia”.

Ya que de acuerdo a la indiscreción del texto de contraportada de la nueva novela (Hachette), autoría de Guillermo Arriaga (Salvar el fuego y más), alguien, “de sopetón”, le transmitió un secreto a Ligia Urroz: “tu trastarabuelo fue un alto jerarca de la Iglesia que embarazó a una joven Josefa, tu trastarabuela (…). La verdad no pudo hablarse abiertamente por temor a Dios, hasta que Ligia tomó a esa bestia de rumores y la transformó en una obra de ficción”.

***

Por mi gran culpa será presentado el 22 de febrero a las 14 horas en la Galería de Rectores del Palacio de Minería, CDMX, y el 14 de marzo a las 16: 15 en el Salón Uxmal del Centro de Convenciones y Exposiciones Yucatán Siglo XXI, de la ciudad de Mérida.


  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
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