No se necesita llegar a su colofón para saber que El sueño del jaguar, la novela con la que Miguel Bonnefoy (París, 1986) obtuvo los prestigiosos premios de la Academia Francesa y Femina de 2024, contiene en sí misma buena parte de su historia personal, de su estirpe y de la geografía de una región que, si bien alejada del sitio donde actualmente reside, asume como propia.
Algo que constatará el lector, lo mismo por los niveles de verosimilitud de la historia que nos relata y la confianza hacia los personajes que nos entrega, como por el agraciado tono narrativo que alcanza, cercano a un canon inscrito en la literatura universal con aquellos autores recordados por todos.
Es pues una muy buena novela la de Bonnefoy.
Una historia que nos traslada hasta las pulsiones y los sitios de tres generaciones en un país convulso, Venezuela, tejida a partir de la aparición en escena de personajes únicos. Como “la primera” mujer médica de la región (Maracaibo) que emprenderá una doble lucha, la de las mujeres y la del derecho propio a una instrucción universitaria. Lo que experimentará en carne propia Ana María, “en un tiempo en que empezaban a desarrollarse las raíces de una revuelta en ciernes, cuando las primeras ideas socialistas comenzaban a germinar”.
Ana María conocerá entonces a Antonio, quien cargando un pasado de abandono, irá sabiendo de historias de amor que le antecedieron, pero con la decisión tomada de escribir la propia.
Espacio desde donde un narrador omnisciente sumará capítulos de la accidentada vida política venezolana y hechos cercanos a la maravillosa cotidianidad de todo un continente. (Entre las sorpresas que le esperan al lector está el relato de aquel pingüino que, atravesando nueve kilómetros de océano, moriría ahogado en un pequeño charco de la costa de Sinamaica).
Ana María y Antonio procrearán una niña, Venezuela (Qué nombre le pondrá a su bebé, le preguntaron al padre “Él no encontró palabras ni para su mujer ni para su hija, como si el dulce torrente de aquel instante lo hubiese purgado de todo lenguaje”. “Se llamará Venezuela”, respondió la madre).
A diferencia de sus padres, laboriosos a “las enfermeras que carcomían el mundo, rastreando la historia de las epidemias, el continente aterrador de las bacterias; de las personas que morían de un virus invisible en el corazón de regiones de tierras abundantes; de los imperios devastados por la invasión de un microbio más pequeño que una mota de polvo”, Venezuela será seducida por el viaje. “Marcharse de Maracaibo”.
Y a París llega.
En tanto su país, de mismo nombre, se adentra en una “burbuja petrolera” pasando de ser “la pequeña Venecia” a “la Venezuela saudí”.
“El rumor del auge extraordinario, sus contratos y su hospitalidad legendaria, traspasaron fronteras y atrajeron a los inversores más feroces. Pronto desembarcaron divisas extranjeras que se medían en el espléndido ruedo de los mercados y, como antaño en el reino de Lidia, el bolívar acuñado con el emblema del Libertador se extendió por todas las cajas de caudales de América”.
Una nueva descendencia enriquecerá la historia.
Cristóbal.
La revolución llega al país latinoamericano.
Los más viejos mueren.
Cristóbal, que poco sabe del pasado de su clan, descubrirá en el desconocido continente un universo de maravillas, tiempo en el que la escritura se le rebelará como una “necesidad biológica”.
“Cristóbal sintió algo comparable a lo que habían experimentado los aventureros que descubrían las reliquias de un pasado imaginario, pero no supo ponerle un nombre a aquel sentimiento hasta tiempo después, hasta el día en que decidió escribir esta historia”.
Miguel Bonnefoy es también autor de Herencia, en la que reconstruye la historia de un inmigrante francés en el Chile decimonónico y sus secuelas hasta el régimen pinochetista (recordemos que su madre es venezolana y su padre chileno). Escribió El sueño del jaguar en francés al ser su lengua de instrucción, aunque habla también español. Traducida por Regina López Muñoz, Le rêve du jaguar, esta edición de Libros del Asteroide se lee sin ninguna dificultad.