Muchos años después de que la civilización fuera destruida por un evento cataclísmico llamado La Guerra de Sesenta Minutos, la población sobreviviente de la Tierra se reagrupó en ciudades sobre ruedas que se desplazan por los continentes. Las más pequeñas y débiles están en constante movimiento para evitar ser capturadas por comunidades más poderosas. Las más grandes van en busca de las débiles para cazarlas y absorberlas con lujo de violencia. Nuestra guía en medio de esta posguerra futurista será Hester Shaw (Hera Hilmar), una joven que va de ciudad en ciudad intentando llegar a alguna que sea devorada por Londres que, en el futuro, es la urbe más depredadora. Movida por un deseo de venganza personal contra uno de los gobernantes de esta megalópolis, Hester hace alianza con Tom Natsworthy (Robert Sheehan), un marginado sin nada que perder, quien le seguirá el paso en su plan de impedir que Londres continúe destruyendo lo que queda del planeta.
Los buscadores de una franquicia sucesora de Los Juegos del Hambre querrán darle una oportunidad a Máquinas mortales. Y cuando digo que le querrán dar una oportunidad me refiero a que, aun al darse cuenta de que esta producción apadrinada por Peter Jackson no tiene todo lo necesario para atraer a una nueva legión de fans, querrán tolerar sus fallas en consideración a su innegable potencial.
Visualmente, Jackson (productor) y el director Christian Rivers pintan su raya del resto de las creaciones de corte distópico: el mundo podrá haberse terminado, pero eso no es razón para que el sol no brille y la tierra no tenga aspecto fértil. Aunado al luminoso diseño de producción, el concepto de las ciudades ambulantes —parientes cercanas de El Increíble Castillo Vagabundo, de Hayao Miyazaki— funcionan como imponentes pilares de este universo al igual que como metáforas que invitan a pensar las crisis políticas de la actualidad. Sustentabilidad, migración, tráfico de personas. Estos elementos son perfectamente conjugados en la escena introductoria de Máquinas mortales, en la que la temática de los libros de Philip Reeve se nos vende con urgencia. Y vaya que la compramos. Cuando el título de la película aparece, al término de una persecución en la que vemos cómo Londres engulle a una pequeña ciudad que luchó ferozmente por su supervivencia, Rivers nos tiene comiendo de su mano. Igualmente poderosa es la intriga en torno al viaje de la protagonista, cuyo plan es asesinar al villano principal (lamentablemente, esta cinta padece del síndrome del segundo villano innecesario.) Lo que tenemos aquí es en un post-apocalipsis original, más enfocado en especular cómo serán las dinámicas de la civilización del futuro y menos enfático en su poca esperanza de vida.
La rampante creatividad del primer acto se esfuma tan pronto llega la hora de darle respuestas al espectador. Personajes entran y salen sin mostrarnos de qué intenciones o sentimientos están hechos, sin ser esenciales para la historia. De pronto aparece una importantísima memoria USB que será crucial para resolver el meollo del conflicto. Por cierto: ¿han notado que últimamente las memorias USB son importantísimas en los desenlaces de las películas? Ya no solo en las de espías, también en las de superhéroes (adivinen cuál. Les doy una pista: se estrenó en Navidad) y ahora en las sagas distópicas. Es increíble cómo una película que comienza teniéndonos de su lado acaba irreconocible, pareciéndose a otras tantas más.
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