El dilema del poder

Jalisco /

Sin dudar ni poder dudar, uno de los asuntos más complejos, escabrosos, difíciles y a la vez imprescindibles es el problema del poder público. Es un asunto atractivo y difícil si los hay. El ser humano ha ensayado a lo largo de la historia humana al menos una veintena de modos de enfrentar y tratar de resolver este asunto del poder.

Personajes nones en el mundo han tratado y bregado con el poder, el cual les fue concedido por los contemporáneos o arrebatos por modos violentos o se heredó a la muerte de un antecesor brillante. En todos los casos la constante imperturbable ha sido un heredero o un usurpador cuyo control del poder de su tiempo y su modo ha dejado en peores condiciones al pueblo, por hipótesis, beneficiario de las decisiones del nuevo poderoso. La constante mayoritaria ha sido un pueblo lastimado y en peores condiciones materiales y espirituales. Desde luego hay excepciones.

La democracia, el peor sistema de gobierno excepto todos los demás (W. Churchill dixit) no se ha librado de ese resultado de aplicar el poder ganado mediante democracia electoral, con arreglos necesarios para ganar puntos y votos. Pocos gozan de llegar al poder por simpatías con las mayorías. El poder tiene “adentro” un dilema: uso el poder de que dispongo para acabar, rápido, con X problema o bien uso el poder para resolver esa X con procesos civilizados y con negociaciones pertinentes, menos rápido, con posibilidad de no acordar las soluciones en un tiempo razonable y con la consiguiente rebaja de credulidad en su modo de usar el poder por parte de los ciudadanos, antes confiados en ganar la batalla, con el poder de su lado… sin embargo, con un problema resuelto y no sólo manoseado.

Parece una verdad incómoda: el hecho de tener el poder es igual a mandar y ordenar la rápida compostura de lo descompuesto, a la vez de darse cuenta de una cantidad inesperada (o inventada por alguien) de obstáculos concretos ya en el campo del problema concreto. Son tan numerosos que hacen imposible la solución verdadera y por tanto se empuja al poder hacia soluciones visibles pero inútiles en el fondo. Así, surge el clásico, “quien venga detrás que se ocupe”.

La gran mayoría de los problemas a resolver por un gobierno son complejos, es decir, no se resuelven con una decisión para componer una variable. La complejidad está en la multiplicidad de variables de las que se compone el problema. Además, el poder dispone de la ley y sus mandatos, y en la mayoría de los casos la solución requiere una voluntad humana, de muchos humanos, para modificar aquellos actos y situaciones que generan el problema, mucho más allá de las disposiciones legales.

¿Cómo se resolvió la protesta campesina por el precio de sus productos? ¿Con lo dispuesto en la ley? No. Los agricultores no lo aceptaron. Recurrieron a la negociación entre las partes, acordaron una solución temporal no contemplada en la ley. ¿El gobierno la hará ley? ¿Quién sabe? Más aún: El gobierno resintió la gestión concreta de su proyecto educativo, llamado Nueva Escuela Mexicana. Decidió cambiar al responsable de tal gestión y ahora tiene la problemática de, a medio ciclo escolar, cambiar aquellas decisiones, modos de operar, materiales a usar, y más, a fin de modificar aquel proyecto, renovar al personal responsable, decidir cuál será el nuevo material, mandar que se haga, pagarlo, y distribuirlo para su uso didáctico. Un cambio típico de los llamados “cambiar de caballo a media carrera”. ¿Resolverá el problema de la educación mexicana? No. Si somos benévolos, la nueva escuela mexicana pretende promover el aprendizaje mediante pensamiento crítico, lo cual es un valor frente a un mundo productivo en proceso de cambios fuertes y rápidos.

Dominar el pensamiento crítico es disponer de un potente instrumento para enfrentar prácticamente cualquier problema y diseñar una ruta de solución, al tiempo de aprender de las características de esa realidad compleja, constituida en problema grupal, social, técnico, tecnológico, científico, práctico, de gobierno, de dinero, o de aplicación, etc. Así, decidir cómo resolverlo y decidir si es posible “aquí y ahora” con los recursos disponibles, o no y por tanto hará falta dotarse de nuevos recursos para intentarlo. Así, la educación transforma el mundo. ¿Qué puede (o le toca) hacer al gobierno? Independientemente de su signo ideológico: apoyar esa modificación (cuya operación completa le tomará al menos 10 años) o decidir la continuidad de una escuela de espaldas al nuevo mundo. Los dilemas son el pan nuestro de cada día en cualquier gobierno con todo y la claridad ideológica que defienda.

El poder manda: diez años para estar al día con una población educada al día, o una potable. ¿Desde hace cuantos años hemos escuchado a sectores de la población con la queja: “Sale sucia el agua”? ¿Cuántas respuestas hemos coleccionado a ese reclamo? No menos de una veintena en el cuarto de siglo que acabamos de cumplir. La industria o el sembradío cuya agua residual no está bien tratada o ni siquiera tratada es la causa del agua sucia. La respuesta oficial es hacer apercibimientos: “Lo arreglas o te cierro tu lugar”. Y sí se corrige un día y al día siguiente ya no. Desde luego hay fabricantes o agricultores responsables y atentos al problema y toman las medidas conducentes, no sólo por la presión de la autoridad, sino por estar convencidos de instalar lo necesario.

Obras públicas. Educación. Agua, luz y gasolinas. Aseo público y cuidado de parques y jardines. Calles y camellones. Con estos mínimos cualquiera situado en el poder está y estará exigido por la población de una atención eficaz, oportuna y permanente. Sí. Cualquiera acabaría en el manicomio. Sí. Los dilemas atenazan al gobierno. Será menos si deciden ayudar a organizar a los ciudadanos para hacer su parte.


  • Miguel Bazdresch Parada
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