Festejar el trabajo

Jalisco /

Hace muchos años leí un cartel pegado en el tronco de un árbol en el cual se anunciaba el “Primero de mayo, Día del trabajo” y al centro del cartel, muy bien hecho, decía en grandes letras un lema: “El que no trabaje que no coma”. De inmediato la declaración me pareció terrible, pues “… en Mexico hay y había varios millones de personas sin una ocupación remunerada”, según había aprendido en la clase de Civismo en el colegio.

En contraste de una desgracia nacional, las personas sin trabajo son amenazadas, nombradas el primero de mayo como indignas de comer. ¿Una contradicción? ¿Una sentencia? ¿Castigo por no trabajar? ¿Se equivocaron los diseñadores del cartel? ¿Cómo entender la contradicción?

Alguien me explicó: Cómo hay muchas personas sin trabajo, es necesario empeñarnos en crear más fuentes de trabajo para que no haya más personas sin comer. El cartel quiere motivar la creación de más fuentes de trabajo y rebajar el numero de personas con el estigma de no trabajar. El mensaje, un tanto críptico, dejó de ser contradictorio. Al menos parcialmente pues ¿es un estigma no trabajar, involuntariamente?

Andando el tiempo, diversas reflexiones y estudios ayudaron a comprender las buenas intenciones de pedir más puestos de trabajo a quien los puede crear, el gobierno y los empresarios, grandes y chicos. Sin embargo, de ese lado empresarial surgió una nueva crítica. Un empresario entrevistado en una reunión del gremio narró la experiencia de su familia. “Mira, decía al reportero que lo entrevistaba, mi abuelo llegó en barco a Veracruz, pudo hacerlo porque el patrón del barco le dio “chamba” de ayudante en la limpieza del barco. Y al llegar a Veracruz le dio las gracias, y veinte pesos para que comiera. No llegó rico. Llegó sin otra cosa que una muda de ropa y los pesos regalados”.

El empresario siguió la narración: El abuelo caminó por las calles y de pronto en una tienda de ropa vio una barata de calcetines. Y, según el narrador, al abuelo “se le prendió el foco: Compro, gasto diez de los veinte pesos en calcetines, y guardo diez para comer. La idea del inmigrante forzado le salió bien. Fue por las banquetas ofreciendo los calcetines y en un rato vendió en veinte lo que le costó diez. Es decir, consiguió veinte pesos. Así repitió la “hazaña”: Diez pesos de calcetines se convertían en veinte pesos, diez para la bolsa y diez para más calcetines.” De diez en diez comprendió varias lecciones de la economía, sin ir a la escuela.

Y sí, el abuelo sin universidad de por medio, aplicó el sistema de compra barato y vende caro para obtener una utilidad, es decir un dinero nuevo para intentar nuevas acciones económicas. El cuento – o realidad – del abuelo es hoy la primera lección de cualquier estudiante de administración o de economía: El trabajo es la clave de la producción. En el caso del abuelo: el trabajo de vender los calcetines. Por eso se festeja el trabajo: Es el modo de obtener un dinerito, convertir un esfuerzo físico y/o mental y conseguir un dinero contante y sonante, una ganancia. ¿Qué se pude hacer con esa ganancia? ¿Comer mejor y más abundante? ¿Comprar más materia prima? ¿Ahorrarlo en el banco o en una caja de ahorros? O compra diversión y festeja el hoy que del mañana quién sabe.

Sin embargo, ese ejemplo y los análisis de los economistas y otros profesionales no han encontrado modos infalibles para lograr una ocupación al 100% de la población en edad y posibilidades de trabajar, cuya remuneración les permita una vida sin las preocupaciones del paro. Aun en países con gran desarrollo la solución ha sido conseguir una protección social suficiente y encargársela al gobierno para que la reparta de modo igualitario, incluso a quienes no trabajan.

Por otra parte, en la mayor parte de los sistemas económicos basados en el capital, puede pensarse, y así se ha hecho, en una distribución del ingreso que permita evitar la pobreza extrema o los trabajos físicos extremos sin remuneración congruente. Y a la vez no hay modo de lograr una igualdad de nivel de vida, siquiera aceptable. Es decir, puede reducirse la desigualdad, sin desparecerla del todo. Y, por tanto, se mantienen diferencias en la clase de los trabajos. Recordemos el imperativo de proteger a los adultos mayores, quienes ya no trabajan, y necesitan mantener un cierto nivel de vida suficiente para evitar enfermedades y situaciones extremas sin protección.

Trabajar para comer, es necesario, pero no suficiente, pues aparte de la alimentación hay otras necesidades humanas importantes, las cuales se han de satisfacer también con los frutos del trabajo. El trabajo en sí no es satisfactor universal. No hay modo de traducir el trabajo en medicamentos. Estos se consiguen con la seguridad social o con un gasto del efectivo monetario fruto del trabajo. La seguridad social se mantiene con impuestos entresacados de los sueldos de los trabajadores. Así, la protección se proviene del trabajo. La protección social requiere inversión en hospitales, clínicas y sus máquinas, y desde luego personas super capacitadas, todo lo cual requiere capital, es decir dinero, es decir contribuyentes trabajadores.

Por eso y más, festejemos el trabajo. Es necesario e importante. Es la fuente de satisfactores más amplia. Y no olvidemos los soportes humanos y materiales necesarios para hacer posible el trabajo; y tampoco olvidar la atención de las personas aun en espera de un trabajo, y de las personas ya imposibilitadas de trabajar necesitadas de cuidado. En suma, el trabajo es valioso y por eso es necesario festejar el trabajo y todo su entorno pues nos proporciona posibilidades para disponer de la vida que tenemos y, con ganas, mejorarla.


  • Miguel Bazdresch Parada
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