La primera economía de Europa reescribe su contrato social. Durante décadas, Alemania fue sinónimo de equilibrio: potencia exportadora con un robusto estado del bienestar y una política de defensa deliberadamente discreta. Ese modelo se está desmoronando a velocidad acelerada bajo el canciller Friedrich Merz. El mensaje es crudo: el dinero que antes iba a los ciudadanos ahora va a los cuarteles.
La coalición de democristianos y socialdemócratas prepara un recorte sanitario de gran alcance, con un ahorro previsto de 38 mil millones de euros de aquí a 2030. Entre las medidas figura la eliminación de la cobertura gratuita en la Seguridad Social para cónyuges que no cotizan. Se prevén excepciones para familias numerosas, personas con discapacidad, pensionistas y cuidadores de dependientes, pero el resto deberá aportar al menos 2.5 por ciento de los ingresos.
El gobierno también planea recortar ayudas a más de 850 mil menores cuyos progenitores no pagan la manutención, reduciendo la cobertura hasta los 12 años y dejando fuera a los adolescentes de entre 12 y 18 años. Además, se reducen las ayudas a desempleados de larga duración y se modifica el sistema de pensiones.
El contraste es llamativo. El gasto militar alemán aumentó 24 por ciento el año pasado. Con 97 mil millones de euros, Alemania ocupa ya el cuarto lugar mundial en gasto de defensa, sólo por detrás de Estados Unidos, China y Rusia.
El plan eleva el gasto público a 502,500 millones de euros y autoriza un endeudamiento de 81,800 millones, rompiendo con la cautela presupuestaria que caracterizó a Alemania durante más de una década. El objetivo es alcanzar el 3.5 por ciento del PIB en defensa en 2029, frente al 2 por ciento logrado en 2024. En cifras absolutas, el presupuesto militar pasará de unos 95 mil millones en 2025 a más de 160 mil millones en 2029.
La paradoja es evidente: Berlín recurre a una amplia capacidad de endeudamiento para financiar defensa e infraestructuras, pero exige “reformas” y “ahorros” cuando se trata de prestaciones sociales, sanidad o pensiones. El propio Merz lo resumió sin ambages: “Si realmente queremos invertir el dinero que ahora estamos obteniendo adicionalmente con deuda, entonces el gasto público no puede seguir creciendo sin límites”.
La pregunta en Berlín ya no es si Alemania va a gastar más en defensa, sino quién va a pagar esa factura. Por ahora, la respuesta apunta a los más vulnerables.