El 14 de febrero, el secretario de Estado de EU, Marco Rubio, ofreció un discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Rubio sembró tranquilidad en la Unión Europea reafirmando la alianza transatlántica entre Estados Unidos y Europa, insistiendo en que ambas partes “pertenecen juntas” y que sus destinos están profundamente entrelazados. Aseguró que, a pesar de las tensiones existentes, EU no desea terminar con la era transatlántica y prefiere colaborar con Europa en los retos de seguridad global.
Sin embargo, también señaló los “errores estratégicos” cometidos por Occidente tras el final de la Guerra Fría que han debilitado la fortaleza global de las democracias occidentales: desindustrialización y pérdida de capacidad productiva, migración masiva como factor de “inestabilidad social”, políticas ambientales que perjudican el crecimiento económico y una dependencia excesiva de instituciones internacionales incapaces de resolver conflictos críticos como Ucrania o Gaza.
Dijo que EU desea cooperar con Europa pero con la expectativa de que los aliados incrementen su propia capacidad de defensa, reevalúen políticas de migración y economía como prioridades de seguridad nacional, y compartan una visión de fortaleza cultural y civilizacional occidental. Después dejó una frase para los titulares: EU “quiere que Europa sea fuerte” y la alianza “no es negocio terminado”, pero advirtió que, si fuera necesario, EU podría actuar solo.
¿No será que Europa está en decadencia?
Hay datos objetivos que se suelen aducir como señales de pérdida de peso relativo de Europa frente a otras regiones como Asia o América del Norte.
El primero es la crisis demográfica. Los datos son elocuentes: la tasa de fertilidad media de la UE se sitúa en torno a los 1.4 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo (2.1). Para 2050, casi un 30 por ciento de los europeos tendrá más de 65 años. Al haber menos población activa, los estados sufrirán más presión sobre las pensiones, la sanidad y el crecimiento económico.
Otro elemento que se debe considerar es la pérdida de peso económico global. En 1980, Europa representaba cerca del 30 por ciento del PIB mundial; hoy está en torno al 15 por ciento. Mientras Estados Unidos mantiene un mayor dinamismo tecnológico y empresarial, Alemania, la locomotora económica de Europa, llegó a tener dos años seguidos de recesión económica en 2023 (-0.9% del PIB) y 2024 (-0.5% del PIB) de los que apenas se está recuperando. La productividad europea crece mucho más lentamente que la estadunidense.
Europa sufre un debilitamiento industrial y energético. Tras la guerra en Ucrania, Europa perdió acceso al gas barato ruso. Los costos energéticos en Europa son más altos que en EU o Asia. Esto ha llevado a la deslocalización de empresas en Alemania. Actualmente Europa no es competitiva en sectores estratégicos (microchips, IA, baterías), y esto nos lleva a otro elemento fundamental: el rezago tecnológico. Ninguna empresa europea se encuentra entre las cinco tecnológicas más grandes del mundo. La inversión en inteligencia artificial es muy inferior a EU y China. Europa ha apostado más por la regulación que por la innovación digital y ha perdido peso frente al ascenso de Asia y el bloque BRICS.
Europa ha perdido mucha influencia geopolítica e internamente vive tensiones sociales y políticas que abonan el auge de partidos populistas y euroescépticos, crisis migratorias recurrentes, continuas protestas populares por inflación y pérdida de poder adquisitivo, y una polarización política creciente.
Sin embargo, es verdad que Europa sigue teniendo un alto nivel de vida, sistemas sanitarios universales, alta calidad educativa, liderazgo en transición energética y regulación ambiental y el mercado común más grande del mundo a través de la Unión Europea. Pero no estaría de más tomar en serio las expectativas de Marco Rubio.