No estamos preparados

  • Columna de Miguel Tello
  • Miguel Tello

Hidalgo /

Cada temporada de lluvias se repite la misma escena. Avenidas convertidas en ríos, automóviles arrastrados por la corriente, comercios anegados, familias que pierden en una hora el patrimonio de toda una vida. Y como acto reflejo, la narrativa pública lo reduce a un titular ya gastado: “colapsó el drenaje”. Pero esa frase, que repetimos con una resignación peligrosa, esconde un diagnóstico que no podemos seguir aplazando: nuestras ciudades fueron diseñadas para un clima que dejó de existir.

Conviene decirlo con la precisión técnica que el tema exige. Los sistemas de drenaje pluvial que hoy operan en la inmensa mayoría de los municipios mexicanos fueron dimensionados con datos de precipitación de hace tres, cuatro o cinco décadas. Esos cálculos partían de un supuesto que el cambio climático ya hizo añicos: el de un régimen de lluvias estable y predecible. La realidad es otra. Hoy recibimos en una sola hora el volumen de agua que antes caía a lo largo de un día completo. Lluvias más intensas, más densas, más concentradas en menos tiempo. La infraestructura no falla por descuido o por mala suerte; falla porque le estamos exigiendo desalojar un volumen para el que nunca fue concebida.

A esa tormenta perfecta sumamos un error propio: pavimentamos sin medida. Cada metro de concreto y asfalto que sellamos es un metro de suelo que pierde su capacidad natural de absorber. Mientras más impermeabilizamos la ciudad, más rápido escurre cada gota hacia un sistema de tuberías que ya estaba rebasado. Hemos construido, literalmente, ciudades diseñadas para expulsar el agua lo más rápido posible, cuando la inteligencia hidráulica del siglo XXI nos pide exactamente lo contrario: retenerla, infiltrarla y aprovecharla. Aquí es donde el concepto de ciudad esponja deja de ser una metáfora atractiva para convertirse en una hoja de ruta de política pública. La idea, impulsada por el urbanismo asiático hace poco más de una década y hoy respaldada por ONU-Hábitat, parte de una premisa sencilla y poderosa: una ciudad debe comportarse como una esponja, capaz de absorber, almacenar y liberar agua de forma gradual, en lugar de pelear contra ella.

Y precisamente por eso debo ser categórico: la buena voluntad ya demostró ser insuficiente.


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