En pleno Jueves Santo el cardenal arzobispo de Guadalajara, José Francisco Robles Ortega, casi a manera de desafío lanzó a las autoridades el compromiso de investigar y dar con una explicación sobre la causa de recientes incendios en zonas suburbanas de la capital jalisciense. La sospecha no es del todo infundada ya que incluso las autoridades estatales y del municipio de Zapopan presentaron las denuncias correspondientes. Y es que, a decir de algunos, bien podían haberse provocado los percances con fines de aprovechamiento territorial e intentar, aunque supuestamente lo prohíbe la ley, “rescatar” los predios siniestrados para uso de desarrollo inmobiliario.
Se ve difícil comprobar esto, pero, la verdad, en cuestión de incendios de vastas zonas de árboles, arbustos o pastizales, Jalisco tiene una historia negra que quizá solamente sale a relucir en esta época. Tiene muchas aristas el problema, pero hay que tener en cuenta que al estado no en una sino en muchas ocasiones le ha tocado ocupar el primer lugar nacional en incendios forestales, lo cual dice mucho acerca de la actitud de negligencia ciudadana por un lado, de actuaciones francamente tibias de las autoridades responsables y el interés desbocado de desarrolladores. Y hay datos recientes que alarman, como el hecho de que el año pasado se registraron 736 incendios de esta clase en Jalisco con daños a más de 50 mil hectáreas. Si bien una parte es porcentualmente pequeña de arbolados, la cifra no deja de ser preocupante puesto que dicho número de siniestros es prácticamente la mitad de los acontecidos en todo el país. Fue entonces la entidad más afectada, seguida de Sonora, Oaxaca y Michoacán. Sin embargo, el año pasado, la suma de la superficie dañada a nivel nacional fue de unas 200 mil hectáreas, la cuarta parte aquí.
El incendio en el cerro de El Tepopote y luego en el área de Bugambilias, dan mucho que pensar en si hay algo extraño que está sucediendo. El cercano cerro mencionado quizá no resulte tan familiar a la opinión pública, pero se trata de una zona a la que se atribuyen valores biológicos, turísticos, arqueológicos y por supuesto ambientales, entre otros por su riqueza de encino y pino y que en el año de 1982 fue considerada oficialmente como “área de conservación”. No obstante, para 2008 se le tomó en cuenta para un “plan de desarrollo” que algunos han advertido como un paso en la pretensión de una empresa inmobiliaria para “salvar” un amplísimo predio de dicho cerro, ya sabemos cómo.
En el caso de La Primavera y sus áreas aledañas, la historia es más conocida pero solamente para recordarlo, fue declarada en sus más de 30 mil hectáreas zona protegida en 1980, precisamente durante el gobierno de José López Portillo. Empero, la tala, los incendios y también los fraccionadores -como fueron los casos de Pinar de la Venta, Palomar y Bugambilias-, fueron cercenando el bosque hasta restarle prácticamente una tercera parte. Esto, además de los incendios forestales propiamente dichos que solamente en 2005, por ejemplo, dañaron 8 mil hectáreas. Ni hacer recuentos de otros perjuicios en el pasado, como los de las exploraciones geotérmicas de la Comisión Federal de Electricidad y otros. Por eso es de valorar y apoyar la exigencia del colectivo ciudadano “Salvemos al bosque” y la iniciativa ciudadana “Anillo Primavera” de pedir a los alcaldes de Zapopan y Tlajomulco den color para actuar y de manera congruente cambien definitivamente el uso de suelo y los Planes Parciales de estas zonas que ahora están marcados como habitacional para poner el nivel de conservación y no sólo veda, además de estar atentos a las intenciones comerciales en los alrededores del Palomar y Bugambilias, otro incendio que preocupa es el de hace un par de días en el cerro de “la campana” donde ya reconoció Tlajomulco que fue provocado.
A Jalisco la naturaleza le ha dado bienes inigualables. Lejos de la urbe y de la voracidad de algunos se encuentra entre Jalisco y Colima el bosque de Manantlán, 140 mil preciosas hectáreas protegidas desde los ochentas como Reserva de la Biosfera. Sin embargo, ni se dude que los enemigos acechan, como los taladores y los que realizan desmontes para habilitar tierras de cultivo. Los incendios, en realidad, vienen a constituir un grave problema que reúne mucho del poco cuidado que el estado ha tenido con sus bosques. Y con todo y el programa nacional de incendios, lo cierto es que tampoco se han repetido, tal vez hace décadas, los esfuerzos conjuntos de gobierno, medios y población para una mayor concientización, ni los planes en gran escala para preservar estos recursos fundamentales y de los que en un tiempo Jalisco también fue un ejemplo.
Un dato proporcionado hace días por la titular de la Semadet en el estado, Magdalena Ruiz, confirma que de los 144 incendios suscitados en la entidad sólo en este año, el 98 por ciento fueron provocados, y lo preocupante: casi la mitad de todos ellos generados de manera intencional o por quemas y actividades agropecuarias. Las condiciones meteorológicas desde luego también juegan su parte y está señalado que este año es más seco y cálido como pocas veces. Zapopan, en su caso, ha sido el municipio mayormente afectado. Y hay que tener presente que la etapa crítica está aún lejos de terminar.
No es muy común ni frecuente que el cardenal Robles Ortega aborde temas que van más allá de lo religioso o de su esfera. No acostumbra opinar como todólogo. Por ello llama la atención el énfasis que pone en el caso de los incendios y la duda que existe sobre si hay intereses particulares de por medio. Pero es muy válido su señalamiento en este momento puesto que, él lo sabe, se trata de algo que, bajo muchos ángulos, realmente nos importa y nos afecta a todos.
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